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Oscar Martínez, profesor de la Facultad Pere Tarrés: “Los profesionales de los hogares de las personas tenemos que conseguir estar sin invadir”

11.11.20

Conversamos con Oscar Martínez, profesor de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés, que ha publicado el libro Habitar recursos residenciales. Trabajar donde el otro está viviendo (editorial UOC, 2020), sobre el papel de los profesionales sociales que deben trabajar en el hogar de otras personas. Martínez hace una reflexión sobre el significado de hogar y el trabajo que deben desarrollar los profesionales en un espacio tan personal.

En primer lugar, enhorabuena por la publicación de su nuevo libro Habitar recursos residenciales. Trabajar donde el Otro está viviendo. Tiene una trayectoria de más de 20 años dedicada a la educación social, y en su libro habla sobre la importancia del concepto de lugar de residencia desde la perspectiva de los profesionales de la acción social. Cuéntenos un poco más este concepto.
Desde el 95 me dedico a esto y, especialmente, lo he hecho en el ámbito residencial. Este tipo de espacio es un lugar que tiene unas características muy especiales. Trabajar en el lugar donde vive la gente lo debemos ver como un espacio de privilegio en lo que significa en cuanto a proximidad, pero también en cuanto a complejidad. A pesar de algunos de estos recursos sean habitados por personas diferentes cuando pasan los años, mientras tú estás trabajando las personas a las que atiendes están viviendo. De hecho, uno de dudas que he tenido en algún momento de mi trayectoria haciendo de educador social era si yo estaba viviendo o trabajando allí.

 

A veces se nos escapa que estos espacios son el hogar de personas. ¿Qué puede aprender un educar social de las reflexiones de su libro? ¿Son extrapolables a la población en general?
Mi madre ha sido la primera lectora del libro cuando todavía ni me había llegado a mí y, aunque ella no se ha dedicado a la educación social, me cuenta que le ha parecido muy interesante e incluso ya ha comenzado la segunda lectura. He tratado de hacer un análisis sobre lo que significa para las personas tener un hogar, uno de los pocos espacios donde tienes la certeza de que volverás en algún momento del día. De hecho, hay un capítulo que trato de poner en énfasis que la relación personal que tengamos con los espacios donde hemos vivido pueden impactan en la manera que tenemos de trabajar en el lugar donde las personas a las que atendemos viven.

 

¿Cómo afecta tener un hogar y el sentimiento de pertenencia al bienestar emocional de una persona?
De eso sabe mucha gente como Albert Sales, que asesora al Ayuntamiento de Barcelona en cuestiones relacionadas, entre otras, con la crisis habitacional y el fenómeno del sinhogarismo. La casa tiene muchas características y una de las más básicas que debe tener es la de seguridad. A partir de ahí, un hogar, puede cumplir con muchas otras necesidades como las espirituales o no materiales, tales como, en muchos casos lo relacionado con el bienestar emocional. La cuestión es si cuando trabajamos como profesionales reflexionamos bastante intensamente sobre estas necesidades.


Nuestro hogar es nuestro refugio, pero en el caso de personas que necesitan de la ayuda de profesionales de la acción social se ven obligados a esta invasión de su intimidad. ¿Considera que esta es una cuestión que el profesional debe tener en cuenta y no perder de vista nunca?
Estoy muy de acuerdo. Una de las funciones básicas es el refugio. Y tenemos que tener muy claro que solo en la ciudad de Barcelona, ​​hay mil personas que cada noche deben dormir sin la posibilidad de refugio. El impacto físico y mental de esta situación es demasiado elevado para consentir que nuestro sistema provoque esta situación. Las administraciones deben hacer suya esta situación y tener claro que no se solucionará con espacios para que duerman sino con políticas valientes de acceso a la vivienda y con una regulación del precio de los mismos.


En cuanto a la invasión que hacemos los profesionales en los hogares de las personas creo que lo hemos de tomar desde este punto de vista y que por lo tanto tenemos que conseguir estar de alguna manera sin invadir. Y eso pasa por trabajar siempre generando apoyos para que las personas puedan ser independiente y puedan decidir sobre su vida y, por supuesto, puedan decidir sobre lo que hacen o dejan de hacer en su casa. Es cierto que cuando trabajamos en espacios colectivos esta cuestión es más difícil de resolver, pero en todo caso tenemos que pensar que las personas no dejen de estar cómodos en su propio hogar.

 

En su caso, es un profesional que ha trabajado, especialmente, con personas con diversidad funcional y por los que su vivienda requiere unas características específicas. Sin embargo, ¿sus reflexiones y aportaciones se podrían aplicar a cualquier tipo de situación vital independientemente de si hablamos de personas con diversidad funcional o no?
De hecho, las necesidades que tiene una persona con diversidad funcional son las mismas que las de todos. Todos necesitamos de apoyos que buscamos a nuestro alrededor. En este caso, los hogares donde viven personas con diversidad necesario que construyan estos apoyos para que puedan, sobre todo, decidir sobre su propia vida.



Casualmente, su libro ha coincidido con una crisis sanitaria y social sin precedentes, la del Covid-19. Durante muchos meses, todo el mundo tuvo que hacer un uso intensivo de su hogar. ¿Cree que el concepto de hogar se ha transformado y ha dejado en evidencia problemas que antes pasaban desapercibidos para la gran mayoría de personas?
Teníamos previsto presentar el libro para Sant Jordi y, efectivamente, nada más oportuno que hablar de casas. Hemos hablado mucho al respecto estos meses pero pienso que hemos visto demasiado casas fuera de lugar como las de los futbolistas y famosos con piscina. En cambio, las habitaciones donde muchas familias viven, en pisos compartidos, ha costado mucho más verlas. Las personas necesitan de un mínimo espacio para vivir y el lugar debe tener unas características mínimas de habitabilidad. Pero el sistema y el engranaje sociopolítico ha preferido que la vivienda sea un mercado para especular.


Muchas personas han descubierto que hay gente en situaciones muy extremas donde la definición de hogar es muy reducida o simplemente no existe. Hay gente muy desprotegida en este sentido y no debemos olvidar que en muchos casos hablamos de familias con niños y niñas pequeñas que tienen que malvivir en espacios reducidos compartidos con otras personas que ni siquiera conocen.


Es muy probable que el Covid-19 impacte en los diseños de los pisos que se construyan. Seguramente el lujo de tener al menos un balcón pasará a ser un mínimo de las nuevas construcciones.

 

La llegada del Covid-19 también ha puesto de relieve que mucha gente no tenía ni siquiera un espacio para poder confinarse. En algunos casos, se habilitaron espacios por parte de las administraciones. ¿Considera que se buscó la practicidad sin tener en cuenta lo que supone crear un hogar a nivel emocional para estas personas?
La situación ha sido muy excepcional y estoy seguro de que ni las personas que deciden montar un espacio grande para personas en situación de sinhogarismo, por ejemplo, creían en el modelo que se estaba general. Pero la situación requería decisiones rápidas que pudieran cubrir algunas necesidades muy básicas para poder cumplir con las directrices que estábamos siguiendo. En este caso, como siempre, no debemos olvidar que a pesar en Barcelona se concentran muchas personas en esta situación, muchas provienen de otros municipios que literalmente los hacen venir hasta Barcelona porque prefieren no atenderlos ni generar proyectos.


¿La sociedad debería esforzarse más para trabajar e integrar el respeto por el hogar del otro, como espacio clave de su identidad? A veces parece que cubrir solo las necesidades físicas es suficiente y nos olvidamos del resto de aspectos que conforman el bienestar personal.
Entiendo que cada persona es diferente y cada persona tiene una conexión con su casa de manera diversa. Como explicaba antes, la cuestión es que como profesionales debemos tener el máximo respeto por la manera en que quieren vivir las personas a las que atendemos. Sí que es verdad que todos hemos tenido la sensación de entrar en casas que son más acogedoras y confortables que otras.

 

Por último, ¿qué recomendación haría a un/a graduado/a en Educación Social o en Trabajo Social que tenga que trabajar en el espacio vital de otra persona por primera vez?
Que piensen, si lo han podido experimentar, en el momento en que empezaron a vivir en su piso. Quizás lo compraron y les dieron las llaves en la notaría. O quizás firmaron el alquiler con el propietario/a en el mismo piso y en ese momento los hicieron la entrega de las llaves, van despedirle y se quedaron solos allí. Que piensen en qué es lo que hicieron a partir de ese momento y todas las decisiones que tomaron. Y que después de pensar en ese momento de tanta ilusión lo trasladen a las personas que atenderán y reflexionen sobre si han podido tomar todas estas decisiones que ellas si que tomaron.

Sobre todo sugeriría mucha prudencia a la hora de vivir donde el otro está viviendo y siempre ser conscientes de su posición de privilegio, y en muchos momentos de poder, que pueden utilizar justamente porque el verdadero protagonista de las decisiones sea la persona que vive y no el profesional que, al fin y al cabo, tiene bastantes posibilidades de marchar al cabo de un tiempo.