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  • "La educación social sigue siendo una profesión vocacional, con una mirada menos politizada y con más necesidad de capacitación técnica"

"La educación social sigue siendo una profesión vocacional, con una mirada menos politizada y con más necesidad de capacitación técnica"

08.02.19

En esta entrevista hablamos con Jesús Vilar, coordinador del último monográfico de Educación Social. Revista de Intervención Educativa titulado "25 años de Educación Social". Esta revista es la publicación de referencia de los estudiantes y de los profesionales de la intervención social y de España y Latinoamérica y está editada por la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés (Universidad Ramón Llull).

¿Por qué un monográfico sobre los 25 años de la educación social?

La primera cuestión que hay que clarificar es que cuando hablamos de Educación Social nos estamos refiriendo a tres posibles miradas: a una profesión, a unos estudios universitarios y en un área de investigación sobre una práctica educativa. Se trata de tres elementos que confluyen pero que tienen dinámicas paralelas.

En cuanto al título, este monográfico se construye desde la perspectiva de la titulación universitaria. La diplomatura en Educación Social comienza en 1992 (el decreto que regula la creación de la diplomatura es de agosto de 1991), por lo que este curso 2018-19 celebramos los 25 años de la primera promoción de diplomados (curso 1994- 95).

Igualmente, en este monográfico no hemos renunciado a hacer algunas referencias a las otras dos miradas, especialmente la de profesión.

¿Cómo ha evolucionado la formación en todos estos años?

El primer plan de estudios tenía una orientación más escolar, aunque se incorporaban muchas asignaturas propias de los ámbitos de experiencia de la educación social. Estaba muy presente la idea de que la educación social formaba parte de la educación no formal, y eso inicialmente hizo que los planes de estudios fueran una especie de híbrido entre espacios muy especializados de actuación profesional propios de la educación social y materias muy genéricas y generalistas.

Era la época en que el debate profesional giraba prioritariamente en torno a los ámbitos y los espacios de trabajo, "el donde" ejercer la profesión y no tanto el "para qué", aunque ésta ha sido una preocupación constante a lo largo de los años.

De hecho, la formación estaba muy condicionada por la necesidad de definir qué espacio se ocupaba entre las otras profesiones de carácter socioeducativo y las funciones a desarrollar.

Por otra parte, y en función de la universidades, en algunos casos el profesorado tenía un escaso conocimiento del campo socioeducativo, lo que en algunos momentos había generado algunas dificultades que giraban en torno al debate sobre la relación entre teoría y práctica.

En nuestro caso, optamos por un modelo formativo que desde el primer día incorporaba profesionales en activo como formadores en áreas especializadas (infancia, drogas, cárceles, mayores ...). A la vez, el profesorado que se incorporaba a plena dedicación a la facultad provenía del mundo profesional, por lo que la vinculación entre la profesión y la academia fue mucho más fluida que no en otras universidades.

Con los años, una vez se ha normalizado la presencia de la educación social tanto en la universidad como en los equipos profesionales, los planes de estudios han ido ganado en especialización y han evolucionado hacia unas propuestas mucho más centradas en la capacitación para la investigación y la creación de conocimiento en las áreas propias de la educación social desde una perspectiva de profesionalidad reflexiva. También ha cambiado el perfil del profesorado, que hace carrera académica pero que mantiene una relación constante con la profesión, por lo que la antigua oposición teoría-práctica ha dado paso a una colaboración entre reflexión y acción.
Estos cambios se han dado sobre todo a partir de la creación de los grados y la implementación del Espacio Europeo de Educación Superior.

En síntesis, podemos decir que la evolución ha sido espectacular. Hace 25 años empezaba una diplomatura y ahora en la mayoría de universidades del estado español se imparte el grado, hay postgrados, másters y programas de doctorado propios del área y la investigación se ha desarrollado de manera exponencial.

¿Cómo fueron los inicios de la puesta en marcha de la Facultad? ¿Qué hechos históricos destacarías?

En cuanto a nuestra facultad, los cambios también han sido muy significativos. Empezamos a impartir la diplomatura siendo la sección de educación social de otra facultad, posteriormente nos convertimos en escuela universitaria y pocos años más tarde pasamos a ser facultad, todo ello en este periodo de 25 años. En segundo lugar, un aspecto que ha estado presente en muchas facultades, no sólo a la nuestra, es que el paso de diplomatura a grado va supuesto también hacer la transición de un profesorado muy centrado en la formación y la docencia para la profesionalización a un profesorado que, además, ha tenido que especializarse en la investigación.

¿Ha cambiado mucho el perfil de los de estudiantes?

El cambio ha sido muy sustancial. En las primeras profesiones, había muchos estudiantes de edad avanzada que ya estaban trabajando en la educación social pero que no tenían aún la titulación. Eran personas muy experimentadas, con mucho criterio, muy implicadas y muy militantes, que necesitaban estructurar un marco de referencia teórico y profesional a partir de la formación. Predominaba el compromiso y la implicación ética y política por encima del conocimiento académico. De hecho, y como decía antes, había un debate muy apasionante sobre la relación entre la academia y la profesión y la oposición entre teoría y práctica. En el monográfico hay una entrevista a cuatro profesionales formados en las primeras promociones que ilustran significativamente estos cambios.

Con los años, el perfil ha ido tendiendo hacia un modelo más clásico de estudiante de bachillerato o de grados formativos, mucho más joven, tal vez más formado en algunas áreas pero sin experiencia. Sigue siendo una profesión de personas vocacionales, pero con una mirada menos politizada y una mayor tendencia hacia la necesidad de capacidades técnicas.

¿Cuáles son los elementos más destacables de la formación hoy en día?

Fundamentalmente, hoy en día hablamos de una formación que capacite para el trabajo en escenarios de complejidad, incertidumbre y cambio. Los estudiantes deben tener un amplio abanico de competencias que van más allá del abordaje de problemáticas concretas. En este sentido, deben conocer ampliamente las características de las problemáticas más significativas en los principales ámbitos de acción profesional; deben conocer también toda una serie de competencias de carácter relacional y comunicativo, ya que su trabajo descansa fundamentalmente en la palabra; en tercer lugar, deben tener destrezas de investigación, trabajo cooperativo y construcción interdisciplinaria porque su trabajo no consistirá en aplicar recetas para solucionar problemas cerrados sino que deberán construir respuestas a medida a situaciones de gran complejidad.

Finalmente, la formación insiste de forma significativa en la dimensión ética como eje transversal en la formación. Esto quiere decir que, más allá de la asignatura propia de ética, ésta está presente en todos los momentos del proceso formativo.

¿Cuáles son los retos principales que se presentan a la educación social?

En el monográfico se indica que los retos afectan a la educación social en la triple perspectiva que antes comentábamos, por lo que su abordaje es responsabilidad de la universidad, del colectivo profesional y también de las administraciones y los agentes empleadores. Fundamentalmente, giran en torno a tres ejes: en primer lugar, consolidar la identidad; aquí sería conveniente el desarrollo de una ley específica que regule la educación social, como se explica en uno de los artículos, así como dar un mayor recorrido a los Documentos profesionalizadora, textos que representan la base identitaria de la educación social. En segundo lugar, la profundización en la dimensión ética; aquí insistiríem en la construcción de infraestructuras para el abordaje de los conflictos de valor, muy frecuentes en la práctica profesional, y la capacitación ética de los profesionales para su gestión desde un abordaje de carácter público y bien estructurado que supere la tendencia actual a tratarlos como si fueran problemas personales. Finalmente la mejora en el rigor y la cientificació de la tarea, debiendo superar la dimensión voluntaria y vocacional para llegar a estrategias de construcción de conocimiento desde parámetros de investigación-acción en un marco de interprofesionalidad y trabajo en red.