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8 de cada 10 personas cuidadoras no profesionales son mujeres, según un informe

01.04.20

La crisis sanitaria del Covid-19 y la situación de confinamiento han agravado las dificultades con las que se encuentran las personas en situación de dependencia, así como las complicaciones para las personas que las cuidan.

En casi todas las sociedades el cuidado de los familiares dependientes ha sido adjudicada socialmente a las mujeres de la familia. En países como España, con un marcado modelo de estado de bienestar mediterráneo, este rol asignado a las mujeres contribuye a soportar un modelo social débil caracterizado por la baja inversión en servicios que garanticen los derechos de ciudadanía de las personas con dependencia.

Un ejemplo claro es la insuficiente intensidad y cobertura de los servicios y prestaciones que la Ley de Dependencia ha proporcionado a los ciudadanos dependientes. Como resultado, el perfil mayoritario de las personas cuidadoras no profesionales sigue teniendo un claro componente femenino. Estos resultados forman parte del estudio Calidad de vida de las personas cuidadoras no profesionales, elaborado por la Fundación Pere Tarrés con la financiación del Ministerio de Salud, Consumo y Bienestar Social, a través de la casilla del IRPF para otros fines sociales. Los datos más destacados del estudio se pueden consultar en: https://bit.ly/33Zo7Wo

Los datos muestran que 8 de cada 10 personas cuidadoras no profesionales son mujeres, de las cuales, un 52% tiene entre 45 y 64 años. De hecho, el 60,4% de las mujeres encuestadas se considera como la máxima responsable de la persona dependiente y un 65,4% ve el cuidado como una tarea natural. Esto nos indica dos cosas: por un lado, la falta de corresponsabilidad de las tareas de cuidados por parte de otros miembros de la familia y del estado; por otro, la reproducción de los roles de género basados ​​fuertemente en la división sexual del trabajo y del afecto.

En cuanto a la dedicación, las mujeres cuidadoras dedican una media de 14,6 horas al día al cuidado, 2 más que los hombres cuando cuidan. Respecto a la tipología de cuidados, las mujeres cuidadoras se hacen cargo, principalmente, de las necesidades de higiene como lavarse (57,2%) o preparar las comidas y alimentarse (63,6%). Esto implica que la dedicación al cuidado es completa. Sin embargo, mientras que el 46,9% de las cuidadoras que tenían trabajo dejaron de trabajar, parcial o completamente, para dedicarse a los cuidados, sólo el 18,3% de los hombres lo hicieron. Los efectos en los salarios e ingresos, en las cotizaciones a la seguridad social y en las prestaciones futuras -como las pensiones por jubilación- se ven claramente perjudicadas. Los cuidados, por tanto, en el contexto actual español, colocan a las mujeres en una situación altamente vulnerable en relación a sus propios derechos como ciudadanas y en su propio estado de salud.

La calidad de vida, muy dañada

Las mujeres cuidadoras tienen una peor percepción de la propia calidad de vida en comparación con los hombres cuidadores. De hecho, el 62% de las cuidadoras se siente cansada, un 56% tiene miedo al futuro, el 80% no se siente libre para organizar su vida y un 79% cree que no dispone de tiempo libre suficiente para dedicarse a sí misma. El estudio también deja en evidencia las precarias condiciones económicas de las personas cuidadoras, ya que el 78% de las personas encuestadas no cuenta con ningún servicio o prestación y el 62% considera que sus ingresos no son suficientes para ahorrar o para hacer frente a algún gasto extra.

Nuevos perfiles de cuidadores

Los cambios sociodemográficos han propiciado nuevas situaciones en el ámbito de los cuidados no profesionales y la aparición de nuevos perfiles, aunque todavía son incipientes. Por ejemplo, aunque su incorporación a los cuidados se hace de manera lenta, cada vez hay más hombres que se ocupan de estas funciones. Normalmente, se trata de un hombre que se jubila y que cuida a su mujer o de un hombre que cuida de otro hombre porque así lo ha solicitado.

Por otra parte, y como resultado del proceso de envejecimiento de la población, se observa un aumento de la edad de las personas cuidadoras. Cada vez es más habitual encontrar madres y padres envejecidos que cuidan de hijos e hijas gravemente dependientes que también se hacen mayores. Un segundo perfil emergente es el de mujeres cuidadoras de 80 años y más que están cuidando de su pareja también octogenaria. Esta situación, ya complicada por sí misma, se ve más agravada por la emergencia sanitaria que estamos viviendo. Son personas que forman parte de los colectivos más vulnerables y, debido al confinamiento, ven sus redes de ayuda muy dañadas.

Necesidades formativas a medida

La dependencia afecta a la persona cuidadora en todos los aspectos de su vida. En este sentido, la formación puede ser una herramienta para mejorar la calidad de vida a través del aprendizaje de técnicas que aliviarán los efectos a nivel físico y emocional. La oportunidad de sentirse acompañadas durante una formación mejora los efectos psicológicos en relación a aquello que les supone responsabilizarse de cuidar a una persona en situación de dependencia. Asimismo, las formaciones resultan fundamentales para establecer vínculos y crear grupos de apoyo. El estudio Calidad de vida de las personas cuidadoras no profesionales también pone de relieve la necesidad de diseñar formaciones que sean flexibles y tengan la capacidad de adaptarse a los horarios y necesidades de las personas cuidadoras.