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Seguimos confinados en familia: etapa de mantenimiento

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Seguimos confinados en familia: etapa de mantenimiento
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31.03.20

Conozco a un niño que, cuando tenía seis años y su maestra explicó en clase los cinco sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) levantó la mano y dijo, muy seguro de sí mismo, que se había dejado uno muy importante: el sentido del humor. Creo que se trata de una anécdota que tiene mucha relación con el momento que estamos viviendo porque pone de manifiesto que el sentido del humor lo tenemos muy en cuenta desde bien pequeños y, justamente, es uno de los sentidos que hay que poner en juego estos días.

Tras el desconcierto inicial por el paro forzoso y de unas primeras semanas de adaptación, ahora toca vivir una etapa de mantenimiento. ¿Qué debemos de continuar teniendo presente en nuestro confinamiento con niños? ¿Qué sentidos y capacidades debemos tener activados?

Sentido del humor: Como decíamos al inicio, y sin dejar de ser conscientes de la seriedad del momento, es necesario poner humor al día a día y quitar hierro a la situación. Hay que poder reír cada día un rato con los hijos e hijas, bromear, encontrar momentos para jugar en familia, hacer cosquillas, contar chistes, cantar, bailar, dibujar, leer cuentos juntos... Esforzarnos todos juntos para que haya un buen ambiente en casa. Siempre es mejor vivir las situaciones complicadas desde la calma y el buen humor, que no desde la angustia y el enojo. El recuerdo que les quedará de estas semanas será muy diferente en un caso que en el otro. Si nuestros hijos nos ven tranquilos y optimistas, ellos también lo estarán. A menudo los miedos de los niños son miedos que les hemos traspasado los mayores. Y si bien es cierto que ahora vivimos un momento de miedo colectivo ante un peligro invisible, pero real, no hay que trasladar a los niños ese miedo sin, al menos, habernos preguntado antes: ¿Ganamos algo traspasándolos este miedo? ¿Ellos pueden hacer algo al respecto? ¿Tienen herramientas para hacerle frente? Por lo tanto, se trataría de, sin negar la situación, procurar crear un ambiente realista pero positivo, para seguir afrontando el tiempo que queda de confinamiento con optimismo y serenidad.

Sentido común: Ante la avalancha de mensajes y consejos de todo tipo que recibimos a través de las redes sociales para hacer frente a estas semanas de reclusión en familia, es necesario activar, antes de nada, el propio sentido común para filtrar todos estos menajes desde nuestra realidad familiar. Quedarnos con aquello que nos puede resultar útil y beneficioso y lo que no, dejarlo pasar. No agobiarnos por querer compartir todo lo que nos dicen los expertos respecto a cómo pasar el confinamiento con hijos pequeños. Nadie mejor que nosotros conoce nuestras criaturas, por lo tanto, somos quienes mejor podemos adaptar el día a día a su realidad. ¿Deberes o no deberes? ¿Rutinas o no rutinas? ¿Pantallas o no pantallas? Pues depende. No hay una respuesta única y seguramente todo es adecuado en su medida justa. Pero yo diría que, más allá de estos debates concretos, lo más importante estos días es mantener un buen estado de ánimo para generar un buen clima familiar que llegue a los niños. Seguramente, los adultos tendremos que hacer un sobreesfuerzo para conservar esta actitud positiva porque somos conscientes de la gravedad del momento. Pero nunca nos cansaremos de insistir que los niños interpretarán esta situación excepcional a través de los mensajes, verbales y no verbales, que les transmitimos sus referentes. Por lo tanto, tenemos que hacer que el día a día sea lo más normal posible para nuestros niños y por ello es recomendable mantener los hábitos y las rutinas de siempre. Unas rutinas, posiblemente, más flexibles de lo habitual, pero que ayuden a marcar el ritmo del día: el momento de levantarse y acostarse, las horas de compartir las comidas, los ratos de hacer deberes, de hacer las tareas de casa, jugar solos o en familia, de conectar con los amigos, etc. 

El sentido común también nos ayudará a detectar sus inquietudes sobre lo que está pasando. Debemos tener presente que la situación les afecta a muchos niveles: no pueden salir a la calle, no pueden ir a la escuela, ni ir a ver a los abuelos o los primos, etc. y, por lo tanto, surgirán muchas preguntas. Y hay que estar preparado para explicar la situación según su nivel de comprensión. Responder con franqueza y naturalidad: sin mentir, pero tampoco sin agobiar. A menudo la ausencia de información, o ver que los padres no saben cómo manejar la situación, les puede preocupar más que una respuesta sincera que se ajuste a lo que ellos pueden entender. 

En definitiva, el sentido común nos llevará a focalizar nuestros esfuerzos en establecer una cotidianidad satisfactoria y en estar atentos a lo que los miembros más pequeños puedan necesitar tanto a nivel físico como anímico. Habrá que dejar para más adelante otros retos más ambiciosos sin que ello nos haga sentir mal o culpables. 

Paciencia: Posiblemente harán falta unas cuantas dosis de paciencia para aguantar algunas rabietas, malhumorado, caras de aburrimiento, desobediencias, enfados, peleas entre hermanos... La convivencia tan estrecha es un reto, y durante tantos días, es un reto, pero deberíamos ser capaces de proteger la armonía familiar utilizando la paciencia y siendo flexibles cuando la situación lo requiera. Priorizar lo que nos parece indispensable (a nivel de comportamientos, rutinas y actitudes) y postergar todo lo demás. Evitar la rigidez, no llevar las situaciones al límite y medir nuestras energías. Es un momento que nos toca pasar, obligadamente, más tiempo en familia. Pero volvemos a encontrar que esta obligación la podemos vivir nosotros, y hacerla vivir a nuestros hijos e hijas, de maneras muy diferentes. Creo que la más razonable y acertada es vivirla y hacerla vivir como una posibilidad inesperada de estar juntos y podernos dedicar un tiempo que, tal vez sólo unas semanas atrás, nos habría parecido imposible tener. 

Confianza: Por un lado, mostrar confianza plena en nuestros hijos e hijas. Seguro que estos días nos ha sorprendido gratamente la madurez de muchas de sus actitudes y comportamientos. Y, por otro lado, hacer sentir a los niños confiados y seguros de que, como familia, estamos haciendo lo necesario. No podemos salir a la calle y hacer las actividades a las que estamos acostumbrados, pero esto lo podemos hacer vivir desde el miedo a ser contagiados o desde el convencimiento de que estamos haciendo todo lo posible para no contagiar a los demás. Nos quedamos en casa por amor a los demás y no por miedo, dice Eva Bach en un artículo reciente. Nos quedamos en casa porque formamos parte de una comunidad donde todo lo que hacemos tiene una repercusión en la vida de los demás y, como queremos lo mejor para todos, nos quedamos en casa. Cuando transmitimos este mensaje a nuestros niños, estamos dando al mismo tiempo un mensaje implícito de solidaridad, de empatía, de que nos importa lo que les pase a los demás, de desear el bien común y de recuperar el sentido de comunidad. También es buen momento para hablar con nuestros hijos de la responsabilidad y la generosidad que demuestran los profesionales que están en primera línea: poderlos reconocer, visualizar y agradecer su trabajo.

Hay que educar a nuestros niños en los valores en los que creemos y, esta situación, a pesar de su dureza, es una oportunidad para hacerlo. Como dijo el filósofo y pedagogo, John Dewey, “Una experiencia sin reflexión es justamente eso: una experiencia, pero no una oportunidad de aprendizaje”. En la medida de lo posible, sería bueno que esta experiencia de confinamiento obligado, sea vivida como una oportunidad de aprendizaje también para los más pequeños de casa.