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La teoría del cambio, clave en la evaluación del impacto

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La teoría del cambio, clave en la evaluación del impacto
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17.06.19

Cuando se plantea un modelo de intervención con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas atendidas, ya sea en el ámbito de los servicios sociales, de la salud, de la educación, del ocio o de cualquier otro, ¿somos capaces de conocer verdaderamente cuáles son los cambios que hemos conseguido?

Son muchos los programas que, en su diseño, cuentan con la reflexión de personas expertas de primer nivel que desarrollan estrategias punteras y que parten de modelos de éxito. Otros, además, aterrizan con acierto, con un seguimiento y un acompañamiento adecuados a las personas a las que se dirigen.

Sin embargo, cuando llegamos a la evaluación de estos modelos, cuando tratamos de entender el impacto de estos programas, aparecen, por un lado, la recurrencia de indicadores que ponen el foco sólo en una parte del resultado; y por otro, las dudas y la incertidumbre de si conocemos realmente todas las vertientes del impacto generado, y hasta donde llegan los cambios que se han producido.

Actualmente hay diferentes opciones, líneas de investigación, modelos cualitativos y cuantitativos que tratan de traducir los efectos generados en indicadores que puedan reflejar de la mejor manera posible este impacto. Es cierto que pueden llegar a ser complementarios, pero lo que resulta indudable es que hay aspectos de los cambios generados una vez la intervención está realizada, que no son traducibles en cifras, ya sea dinero, porcentajes o ratios. Estos datos no pueden reproducir sentimientos, emociones, grados de libertad o percepciones vitales, y sólo se pueden hacer aproximaciones.

Por ejemplo, en un modelo de inserción laboral de personas recién llegadas, es fácil llegar a un indicador de porcentaje de personas insertadas una vez el programa o el curso ha finalizado, sin embargo, ¿éste es el único cambio que se puede medir? El sentido de pertenencia a una nueva sociedad, de arraigo en el territorio, la propia autopercepción de la persona sobre sí misma y sus posibilidades, o simplemente la mejora de las relaciones sociales a raíz de la experiencia vivida durante el programa, son tan importantes de entender como el hecho de poder encontrar trabajo.

Asimismo, si pensamos en una persona que sufre una enfermedad y participa en una asociación de pacientes, que ésta sea capaz de contribuir en la toma de conciencia del paciente sobre la importancia de su pro actividad para obtener mejoras a corto plazo en su calidad de vida -lo que se conoce como activación del paciente-, supone un impacto muy relevante y un cambio objetivo y clave en la persona objeto de su intervención.

En la Fundación Pere Tarrés hace más de cinco años que trabajamos en un modelo propio de evaluación del impacto para nuestros programas sociales y formativos. Creemos firmemente que se debe medir para entender el efecto de nuestra intervención sobre las personas, qué cambios reales se están produciendo, y cómo definir un marco de mejora continua del diseño de los programas, con el objetivo de que la intervención esté alineada con nuestra misión y sea verdaderamente transformadora.

En base a nuestra experiencia con este modelo, apoyamos a otras entidades en el desarrollo de su teoría del cambio y modelo de evaluación, con el fin de maximizar su impacto social. Esta metodología nos permite definir un mapa conceptual de los aspectos clave de la intervención y de los efectos que se generan en las personas destinatarias, identificar agentes clave involucrados, y finalmente obtener información que, una vez bien procesada, permite medir el cambio.

Es por estos cambios que las entidades trabajamos a diario, y sólo siendo capaces de entender las diferentes dimensiones, conseguiremos realizar una intervención exitosa.