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Pequeña infancia atendida, pero... entendida?

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Pequeña infancia atendida, pero... entendida?
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15.01.20

Los educadores sociales, los trabajadores sociales y todos aquellos profesionales que nos dedicamos a acompañar a personas en diferentes situaciones y en diferentes contextos, tenemos claro que, para atender a las personas adecuadamente, primero las tenemos que entender. Atender? Entender? ¿A qué viene a cuento este aparente juego de palabras? Pues que atender sin entender, nos lleva a satisfacer las necesidades de una persona o colectivo desde una actuación rutinaria, desde el "siempre se ha hecho así", desde el "yo ya sé lo que el otro necesita ", desde la" mecanización "de determinados procesos ... Mientras que, entender primero, para luego atender, implica una disposición de respeto y dignificación hacia el otro; un posicionamiento de apertura hacia comprender las demandas reales del otro; implica en definitiva la voluntad de una vinculación personal y sincera.

Atender entendiendo es relevante siempre, pero especialmente con aquellos colectivos que tienen dificultades para expresar sus necesidades. Aquellas personas que en su día a día les cuesta poner palabras a lo que les pasa. Pensamos, por ejemplo, en personas mayores que viven en una residencia o personas con diversidad funcional con dificultades cognitivas que viven en un piso asistido. Qué diferente es la actuación profesional si se hace desde la mera satisfacción de necesidades básicas: garantizar la alimentación, la higiene, el descanso, etc. o si se procura tener en cuenta los deseos y el momento personal/vital de la persona que atendemos.En este artículo queremos ir más allá hablando de la pequeña infancia: cómo debemos tener cuidado de los bebés que, debido a su corta edad, no pueden manifestar lo que sienten, cómo se encuentran o qué necesitan? Como cuidamos los niños y niñas al inicio de la vida, cuando aún no pueden ni saben explicar qué les pasa y cómo quieren ser atendidos? Como los profesionales tomamos decisiones sobre lo que les conviene y lo que no? Como nos encargamos de ellos? Lo que apuntábamos al inicio de este artículo en relación a "entender para atender", tiene especial relevancia con la pequeña infancia, dado que, si cuando el niño o la niña llora, gime, grita o hace rabietas, intentamos ponernos nos en su piel y entender qué le está pasando para comportarse de esa manera, si hacemos una apuesta sincera para dialogar con su "mundo interno" y dar una respuesta en base a estas premisas, estamos dando al niño un mensaje fundamental: le estamos diciendo que no está solo ante las dificultades, que los malestares que siente pueden superarse, y que tiene alguien al lado con un interés genuino por ayudarle. En definitiva estamos posibilitando el establecimiento de la confianza básica de la que nos habla Erikson en su reconocido Modelo Psicosocial: la confianza de estar en un mundo donde se le tiene en cuenta, y que se consigue gracias a la experiencia continuada de ser cuidado y amado. Esta confianza básica se convierte en el pilar donde se sustenta todo crecimiento posterior y nos lleva a adquirir la virtud de la esperanza, es decir, a no hundirnos ante las dificultades, sino a tener esperanza de que las cosas mejorarán, dado que nuestras experiencias tempranas han ido en este sentido. Popularmente se dice que la esperanza es lo último que se pierde, seguramente porque es lo primero que se gana.

Los humanos, como muchas otras especies, estamos programados para cuidar de nuestras crías de una manera natural. Instintivamente los adultos nos ponemos en el lugar del bebé para satisfacer sus necesidades físicas y emocionales. Desgraciadamente hay situaciones en las que, por motivos diversos, los adultos no somos capaces de cuidar adecuadamente a nuestros bebés, y estos viven duras experiencias tempranas que repercuten en su desarrollo posterior. Cuando el bebé ha vivido cuidados negligentes, abandono o, en el peor de los casos, malos tratos por parte de sus cuidadores iniciales, el niño no ha podido construir esta confianza básica de la que hablábamos antes, no ha podido percibir de manera intuitiva que su vida tenga valor para nadie, no ha podido vivenciar que ha llegado a un mundo seguro donde se le quiere incondicionalmente. En estas situaciones se instala la desconfianza en el niño/a; arraiga el sentimiento, mayoritariamente inconsciente, que no puede confiar en nadie, porque no hay nadie que se interese realmente por lo qué le pasa.

Cuando estos niños tienen una nueva oportunidad de vinculación con adultos sensibles a sus necesidades (por ejemplo gracias a familias de acogida, familias adoptantes, educadores/as de CRAES, profesionales de guardería, etc.), la importancia de entender antes de atender aún más relevante. Ser capaces de empatizar con su inicial desconfianza, de intentar comprender sus conductas y reacciones (quizás desmesuradas, agresivas o extrañas) antes de dar una respuesta, marca a menudo la diferencia entre una buena y una mala praxis. El proceso seguramente será más largo, lento y complicado, dado que tendremos que ayudar al niño a desmontar el pilar de la desconfianza y ayudar a construir en su lugar el de la confianza. Pero es un esfuerzo que vale claramente la pena si así ayudamos a un niño a rehacer sus bases emocionales iniciales, para hacerlas más sólidas y seguras y, a partir de ellas, poder construir un yo más equilibrado y armónico.