El ocio de los adolescentes: una política en favor de la cohesión social

Grup de joves abraçats d'esquena, arbres de fons
13/07/26

Hablar de los adolescentes supone, con demasiada frecuencia, hablar de problemas: las pantallas, la violencia, la salud mental, el absentismo o los conflictos en los espacios públicos. El riesgo radica en diseñar políticas destinadas a contenerlos o corregirlos, en lugar de reconocerlos como ciudadanos con voz, derechos, inquietudes y capacidad para construir comunidad. La acción socioeducativa en el ámbito del ocio propone un cambio de perspectiva: no limitarse a preguntarse qué les está sucediendo a los adolescentes, sino qué espacio les ofrecemos.

El ocio educativo es mucho más que una actividad fuera del horario escolar. Es un espacio de derechos, vínculos y pertenencia. Ante las fragilidades emocionales, las desigualdades materiales y la discriminación, un centro juvenil, un grupo juvenil, un proyecto artístico, un equipo deportivo o un espacio juvenil pueden ser lugares donde uno pueda sentirse visto sin tener que demostrar nada de antemano, y con reconocimiento mutuo, cuidado y continuidad. Kusier, Ubbesen y Folker (2024) nos recuerdan que el ocio organizado promueve el bienestar cuando genera conexión social, habilidades, confianza en uno mismo, placer, seguridad y confianza.

Este es el primer mecanismo de la cohesión social: crear vínculos. La cohesión no surge de un discurso abstracto sobre la convivencia, sino de relaciones duraderas entre personas que se reconocen mutuamente. Cuando adolescentes de diferentes barrios, orígenes, capacidades o idiomas juegan, toman decisiones, preparan una actividad para el barrio o resuelven un conflicto, construyen una confianza que no puede imponerse por decreto. Laurence (2020) demuestra que la participación juvenil organizada puede mejorar las actitudes interétnicas cuando aumenta el contacto positivo entre los jóvenes. Por este motivo, las actividades de ocio no solo acercan a los adolescentes: pueden hacer que la diferencia deje de ser una etiqueta y se convierta en una relación.

El segundo mecanismo es la equidad. El informe del Defensor del Pueblo (2025) es claro: universalizar no significa que todos hagan lo mismo, sino que todos los niños y adolescentes tengan oportunidades reales de acceso. Y los datos muestran que aún estamos muy lejos de ese horizonte. La participación de los niños y adolescentes procedentes de familias con mayor capital económico y educativo es casi treinta puntos porcentuales superior a la de las familias menos favorecidas; cerca del 45 % de los más desfavorecidos socialmente no participa en actividades deportivas y casi el 70 % no participa en actividades no deportivas. Además, el 57,7 % de los municipios con más de 3 000 habitantes no ofrece ningún tipo de apoyo a las actividades extraescolares, el 40,1 % no ofrece ninguno para el ocio estival y el 66,8 % no ofrece ninguno para niños y adolescentes con discapacidad.

Estas cifras nos obligan a hablar de exclusión. La exclusión no consiste únicamente en no tener un lugar. Se trata de no poder acceder a él porque la actividad es cara, está lejos o es poco conocida. Es no participar porque nadie le espera, porque no tiene con quién ir, porque su acento, su identidad, su discapacidad o su situación familiar le hacen sentirse fuera de lugar. Una política de ocio inclusiva no puede limitarse a abrir puertas; debe tender puentes: becas, proximidad, apoyo, espacios seguros y profesionales capaces de reconocer las desigualdades invisibles.

La diversidad, la equidad y la inclusión constituyen una trinidad inseparable en los programas socioeducativos. La diversidad no es una excepción que haya que gestionar, sino la realidad de partida; la equidad es la condición para que las oportunidades no dependan del origen social; y la inclusión es una cualidad educativa cuando transforma los espacios para que todas las personas puedan participar (Essomba, 2025). Aplicado al ocio de los adolescentes, esto significa superar la integración entendida como «dejar entrar» y avanzar hacia la pertenencia: que el espacio también sea suyo, que puedan expresar su opinión, cuidar y ser cuidados, proponer cambios y dejar su huella en él. 

El tercer mecanismo es la participación. El ocio puede ser un laboratorio de ciudadanía si nos permite pasar de asistir a opinar, de opinar a decidir, de decidir a organizar y de organizar a transformar. Estudios recientes sobre la participación juvenil insisten en compartir el poder entre adultos y jóvenes, garantizar espacios seguros, proporcionar retroalimentación y hacer visibles los efectos de la participación (Centre for Evidence and Implementation, 2024). Sin retroalimentación, la participación se convierte en algo meramente decorativo; con ella, educa en la democracia cotidiana.

Este aprendizaje es clave para la cohesión social, ya que convierte a los adolescentes en actores de su comunidad local. Cuando un grupo impulsa una acción comunitaria, cuida un espacio público, crea una campaña contra el racismo u organiza una actividad intergeneracional, la comunidad deja de verlos únicamente como un riesgo y comienza a reconocerlos como un recurso. Su autopercepción también cambia: ya no son usuarios de un servicio, sino miembros de un «nosotros» más amplio.

El cuarto mecanismo es el diálogo intercultural. Reimer et al. (2021) y Morata et al. (2025) destacan que el contacto intergrupal puede contribuir a la cohesión en las condiciones adecuadas. El ocio puede ofrecer estas condiciones porque se articula en torno a la acción compartida: crear, jugar, hacer música, practicar deporte, cuidar de los demás o defender una causa. Sin embargo, la interculturalidad no puede reducirse a la mera celebración de la diversidad. Debe identificar el racismo, las desigualdades y las relaciones de poder, y garantizar que los adolescentes puedan representarse a sí mismos.

Sin embargo, el ocio no es transformador por definición. Puede reproducir desigualdades si solo pueden acceder a él quienes ya disponen de capital social, si se convierte en el consumo de actividades, si confunde el mero relleno del tiempo con la educación, o si evita los conflictos bajo una idea superficial de armonía. Esto requiere profesionales cualificados, voluntariado con apoyo, organizaciones arraigadas, trabajo en red y políticas públicas que no traten el ocio como un gasto suplementario. Invertir en el ocio de los adolescentes no consiste en entretener: se trata de prevenir el aislamiento, ampliar las oportunidades, educar para la convivencia, fortalecer los vínculos y democratizar la comunidad. La inclusión comienza cuando las instituciones, las organizaciones y los barrios aceptan transformarse para que todos tengan un lugar, una voz y un futuro.

Bibliografía recomendada

Essomba Gelabert, M. À. (2025). Presentación: Educación para todos hoy. Diversidad, equidad e inclusión. Educar, 61(1), 7-12. https://doi.org/10.5565/rev/educar.2391

Kusier, A. O., Ubbesen, T. R. y Folker, A. P. (2024). Comprender la promoción de la salud mental en comunidades de ocio organizadas para jóvenes: una revisión realista. Frontiers in public health, 12, 1336736. https://doi.org/10.3389/fpubh.2024.1336736

Laurence, J. 2020. «¿Cohesión a través de la participación? Participación juvenil, actitudes interétnicas y vías de contacto intergrupal positivo y negativo entre adolescentes: un estudio de campo cuasi-experimental». Journal of Ethnic and Migration Studies 46, n.º 13: 2700–2722. https://doi.org/10.1080/1369183X.2019.1700787.