Descubre la Fundació Pere Tarrés
La relación de ayuda en las relaciones humanas
Cuando queremos ayudar a una persona, apoyarle, acompañarla..., ¿pensamos que ésta se siente ayudada? Podríamos pensar que sí, pero en muchas ocasiones las intenciones y la buena voluntad no son suficientes. Y, es más, en algunas situaciones pueden causar un efecto contrario al deseado.
Pongamos un ejemplo. Sonia tiene 23 años y nos pide ayuda porque no sabe qué hacer con su pareja. Hace un par de años que la relación es mala y viven repetidas situaciones de violencia verbal, celos y desprecio. Ella pide consejo a las amigas, en ocasiones, a los padres y otras a profesionales que le pueden ser cercanos. Está enamorada, aunque reconoce que no es feliz en muchos momentos y que no sabe cómo actuar para estar mejor consigo misma.
Parece, aparentemente, una situación normal y muy frecuente entre los jóvenes; las primeras relaciones no siempre son fáciles y respetuosas. Hay que entender que no existen recetas mágicas que solucionen todos los problemas porque cada persona es un mundo y tiene una forma de ser diferente, su personalidad y su carácter.
Cabe que tener presente, pues, tres aspectos fundamentales. Las características de la persona que pide ayuda, su contexto y la persona que proporciona el soporte:
- La persona que pide ayuda, con su mochila personal (experiencias previas, situaciones anteriormente vividas, formas de afrontar las dificultades, valores personales, fortalezas y debilidades, etc.).
- Su contexto social y cultural presente. Puede estar en diversas situaciones vitales importantes: separación de los padres, cambios de domicilio, pérdidas afectivas, enfermedades, etc.
- La persona que proporciona el soporte, que puede actuar de diferentes formas, en ocasiones ayuda y en otras, no.
En la relación no ayudamos si:
- Damos pautas directivas, “tú tienes que hacer”, “tú tienes que decir”, “lo que tú necesitas es”, porque restan responsabilidad y no permiten empoderar a la persona ni permitimos los procesos de decisión personal.
- Actitudes paternalistas de superprotección donde decidimos por el otro qué hacer. No ayudan a crecer y a superar los obstáculos de la vida, que nos permiten madurar y ser quienes somos.
- Si añadimos elementos que provoquen en la otra persona más angustia, soledad o incluso sentimiento de culpa, frustración o decepción por no actuar y sentir como los demás esperan que lo haga.
- Tampoco ayuda cuando sin querer o sin ser consciente de ello tendemos a minimizar la situación, quitarle importancia, comparar con situaciones peores, contar experiencias personales, con la falsa ilusión de que así aceleramos su proceso de sufrimiento. Pero atención: la persona que necesita ayuda tiene un tiempo personal diferente al nuestro y una forma de ser única, que deberemos tener siempre presente.
Así pues, ¿qué debemos hacer? Ante todo, es necesaria una disposición, un momento oportuno, un lugar, un tiempo y una actitud de escucha para:
- Facilitar procesos de reflexión individual en el otro.
- Hacer una escucha activa y empática: con la cabeza, el corazón y también con el cuerpo, es decir, con toda la comunicación no verbal.
- No juzgar.
- Promover la autorreflexión.
- Realizar preguntas que ayuden a ver qué se gana y qué se pierde en esta situación personal.
- Ponerse en el sitio del otro y hacer preguntas circulares, des de la perspectiva de un tercero. Ayudan bastante a desfocalizarse y a pensar más objetivamente, por ejemplo: “¿Qué crees que le dirías si esto le pasa a tu mejor amiga, a tu hermana o a un hijo tuyo?”.
- Hacer preguntas que ayuden a identificar los propios sentimientos. Por ejemplo: “¿Cómo querías estar y sentirte?
En definitiva, acompañar es estar al lado del otro en un determinado momento vital y darle el apoyo que le permita ayudarse a sí mismo.
Esto conlleva adoptar una actitud adecuada que permita respetar el tiempo, el ritmo, el momento en el que se encuentra el otro para que encuentre recursos propios para hacer frente a sus conflictos y para que encuentre su propia solución.
En este sentido, la relación de ayuda pone en el centro a la persona y su mochila personal, entendiendo su contexto y proporcionando una escucha activa, empática, emocional y respetuosa para que la persona adquiera seguridad personal y madurez emocional.
Recordemos que su decisión, quizás no sería la nuestra, pero es necesario que, con sus potencialidades y forma de ser, encuentre su respuesta.