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La cara invisible de la vejez: ¿por qué la pobreza sigue afectando a las mujeres mayores?

La cara invisible de la vejez: ¿por qué la pobreza sigue afectando a las mujeres mayores?

Laura Xamaní
Coordinadora académica del área sociosanitaria y personas mayores
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17.04.26

Cuando se habla de pobreza, a menudo vienen a la mente imágenes de desahucios o de personas que duermen en la calle. Sin embargo, existe una precariedad mucho más silenciosa, de puertas adentro, que afecta a miles de mujeres cuando llegan a la última etapa de la vida. Es lo que se denomina la feminización de la pobreza: una realidad incómoda que nos indica que, por el mero hecho de ser mujer, se tienen muchas más probabilidades de vivir una vejez con dificultades económicas (García-Calvente et al., 2019).

Esta vulnerabilidad no aparece de golpe el día de la jubilación; es el resultado de una carrera de obstáculos que ha durado décadas. En primer lugar, está el peso de la brecha salarial y las carreras interrumpidas. Muchas de nuestras mujeres mayores han tenido que dejar el trabajo para dedicarse al cuidado de hijos, hijas o familiares, o han aceptado empleos precarios para poder conciliar. ¿El resultado? Unas pensiones que, de media, son entre un 30 % y un 40 % más bajas que las de los hombres (Rubio, 2014). Es, literalmente, un castigo económico por haber sostenido la vida y los cuidados.

A todo ello se suma un factor demográfico que juega en contra: la longevidad. Las mujeres viven más años, lo que a menudo significa acabar viviendo en soledad, gestionando todos los gastos de un hogar con unos ingresos mínimos y sin el apoyo de una segunda pensión (Ayuntamiento de Barcelona, 2020). Si además tenemos en cuenta que, históricamente, el acceso a la propiedad y a los ahorros ha sido más difícil para la población femenina, el cóctel se vuelve crítico (Ezquerra, 2017).

Esta no es una situación inevitable, sino una cuestión de voluntad política y social. Para empezar, es necesaria una revisión profunda del sistema de pensiones que no solo garantice un mínimo digno, sino que reconozca el trabajo de los cuidados como una actividad que cotiza. No puede ser que cuidar a la familia compute cero en el momento de la jubilación.

Al mismo tiempo, es necesario insistir en la igualdad salarial hoy para evitar la pobreza de mañana y reforzar las redes de apoyo comunitario. Muchas mujeres mayores se encuentran sin apoyos precisamente cuando más necesitan la red que ellas mismas ayudaron a tejer para el resto de la sociedad (García-Calvente et al., 2019).

En definitiva, no podemos mirar hacia otro lado. La pobreza en la tercera edad tiene rostro de mujer y revertirla es una cuestión de justicia elemental. Las personas que han sostenido a la sociedad durante toda la vida no pueden acabar sus días sufriendo para llegar a fin de mes. Una sociedad que ignora la precariedad de sus abuelas es una sociedad que ha fallado en lo más básico: la dignidad humana.

Referencias bibliográficas

  • Ayuntamiento de Barcelona. (2020). Feminització de la pobresa i la precarietat: estratègies per reduir la desigualtat de gènere.
  • Ezquerra, S. (2017). Polítiques públiques, crisi i persones grans: feminització de la pobresa i condicions d’envelliment.
  • García-Calvente, M., Del Río-Lozano, M., & Marcos-Marcos, J. (2019). Gender inequalities in health: Overcoming the gender gap. Gaceta Sanitaria, 33(4), 201-206.
  • Rubio, F. (2014). Feminització de la pobresa. El Punt Avui.

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