COMPROMISO EDUCATIVO Y SOCIAL
BLOG FUNDACIÓN PERE TARRÉS
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Glòria Rigol Mallafré
Responsable del Área académica
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12.03.26
“Ya no tiene edad para según qué...”
“Es normal que no lo entienda, a su edad.”
Son frases que podemos oír a menudo y que de algún modo forman parte del lenguaje cotidiano. Detrás de estas expresiones aparentemente inocentes se puede esconder una forma de discriminación muy extendida y, al mismo tiempo, poco reconocida: el edadismo.
Recientemente, el alumnado de nuestro Ciclo Formativo de Integración Social tuvo la oportunidad de detenerse a pensar al respecto en una sesión con la Dra. Montserrat Celdrán, decana de la Facultad de Psicología de la UB y psico-gerontóloga experta en edadismo. La conversación puso sobre la mesa que muchos de los prejuicios que asociamos a la edad están tan integrados en nuestra cultura que a menudo ni siquiera los identificamos como tales.
El edadismo es, precisamente, la discriminación basada en la edad, y aparece cuando atribuimos capacidades, derechos o roles sociales a una persona simplemente por tener una determinada edad.
Este tipo de prejuicio está profundamente arraigado y a menudo pasa desapercibido. A veces incluso se presenta bajo formas aparentemente protectoras o paternalistas que, sin darnos cuenta, pueden limitar la autonomía y las oportunidades de las personas.
Hay que recordar, además, que el edadismo no afecta exclusivamente a las personas mayores —también existen prejuicios hacia la juventud o la infancia— aunque, en el caso del envejecimiento, las consecuencias pueden ser especialmente relevantes, porque a menudo implican reducir oportunidades, autonomía o participación social.
Este fenómeno raramente aparece de forma repentina. A menudo comienza con estereotipos, es decir, generalizaciones automáticas sobre lo que supuestamente pueden o no pueden hacer las personas según su edad. Estos estereotipos generan emociones —admiración, miedo, lástima o incomodidad— que acaban traduciéndose en actitudes y comportamientos concretos.
En el ámbito profesional, esto puede manifestarse en gestos muy cotidianos, por ejemplo: hablar con la familia en lugar de dirigirnos directamente a la persona atendida; tomar decisiones “por su bien” sin contar con su opinión; o limitar su participación en actividades anticipando dificultades que quizás ni siquiera existen.
Cuando esto ocurre, dejamos de ver a la persona en su singularidad y la reducimos a la etiqueta de la edad. Pero la realidad es mucho más compleja. La trayectoria y experiencias vitales, los hábitos de vida, el contexto social o las oportunidades que una persona ha tenido a lo largo de los años influyen también de forma muy significativa en la forma como se envejece.
¿Cómo combatir el edadismo desde la intervención profesional?
Combatir el edadismo implica actuar en distintos niveles: legal, cultural, educativo, social, etc.
Aunque, actualmente, la discriminación por edad puede denunciarse, todavía hay poca conciencia social sobre este fenómeno. Además, los mecanismos legales disponibles siguen siendo poco conocidos o poco accesibles, lo que hace que muchas situaciones de discriminación pasen desapercibidas o, peor aún, se normalicen.
En paralelo, es necesario avanzar hacia una educación a lo largo de la vida que incorpore una mirada no edadista. En nuestra sociedad nos preparamos para muchas etapas vitales, pero raramente aprendemos a envejecer. Hablamos de la jubilación sobre todo en términos administrativos o económicos, pero todavía hay poca reflexión colectiva sobre cómo transitar esta etapa, redefinir proyectos vitales o mantener una participación activa en la comunidad.
Otro elemento clave son las iniciativas intergeneracionales: poner en contacto a personas de diferentes generaciones ayuda a romper prejuicios en ambos sentidos y a generar relaciones más equilibradas. Cuando las personas se conocen y comparten experiencias, las categorías de edad pierden peso y emergen las trayectorias vitales individuales.
Ahora bien, más allá de los marcos sociales y educativos, el papel de los profesionales es especialmente relevante; por eso incorporar una mirada profesional consciente implica revisar constantemente nuestras creencias, actitudes y prácticas.
En cualquier intervención es útil preguntarnos si la edad está condicionando nuestras decisiones, si estamos personalizando realmente el acompañamiento según las capacidades y deseos de la persona o si, sin quererlo, estamos reproduciendo estereotipos a través del lenguaje, imágenes, acciones o expectativas que transmitimos (despersonalizando o deshumanizando).
En este sentido, la sesión con la Dra. Montserrat Celdrán nos regaló una importante reflexión: muchas veces el edadismo no se manifiesta en grandes decisiones, sino en pequeños gestos cotidianos, en el lenguaje que utilizamos o en las expectativas que proyectamos sobre las personas.
Reconocer la singularidad de cada persona, independientemente de su edad, es condición imprescindible para una intervención social rigurosa y respetuosa con los derechos.
Hacer consciente cualquier forma de discriminación es, probablemente, el primer paso para transformar la realidad, y esta es también una responsabilidad compartida del sector social. Como profesionales debemos revisar nuestra mirada, cuestionar nuestras prácticas y contribuir a construir una sociedad en la que la edad no determine las oportunidades, la participación ni la dignidad de las personas.
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