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Estamos hechos de historias. Una mirada social a la salud en la era Covid

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Estamos hechos de historias. Una mirada social a la salud en la era Covid
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26.03.21

La pandemia ha puesto en el centro de nuestras vidas la preocupación por la salud. También nos ha llevado a introducir cambios en las relaciones sociales, precisamente por su potencial impacto negativo en la salud. Pero ¿en qué pensamos cuando hablamos de salud? ¿De verdad la vida en común con otros seres humanos puede llegar a ser una amenaza para la salud? ¿Qué vemos si contemplamos la salud desde una perspectiva social?

A raíz de la presentación del libro “Los hijos de los días”, Eduardo Galeano regalaba una de esas frases que ya son patrimonio colectivo: Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias. Cuando Galeano, hace ya más de una década, hizo esa afirmación, quizás no imaginaba la cantidad de científicos que, de maneras muy diversas, confirmarían el comentario de ese pajarito.

Somos seres sociales y nada, en la condición humana, se entiende sin la interacción con los otros. Estamos hechos de las historias experimentadas y compartidas. Esas historias nos hacen ser lo que somos y modulan permanentemente los procesos fisicoquímicos de nuestro organismo. Por eso, cuando hablamos de salud, que es de lo que hoy quiero hablar, nunca hablamos sólo de átomos, órganos, bacterias o virus.

En 1968, la compañía farmacéutica Upjohn (vinculada a Pfizer, ahora conocida por su vacuna contra la Covid-19) encargó a Disney la realización de una serie de vídeos sobre la salud. Algunos de estos vídeos se pueden encontrar hoy en Youtube. Son vídeos que no aguantan la más mínima supervisión en materia de género. Están cargados de estereotipos. Pero, paradójicamente, el concepto de salud que promovían tiene una enorme vigencia. Con una musiquita propia de las producciones de Disney de aquella época, oímos cantar: “Es como un triángulo, sí, equilátero, nuestra salud (…)  condición del cuerpo y mentalidad y la habilidad de convivir en la sociedad…”.

Esa concepción triangular de la salud como bienestar físico, psíquico y social ha sido subrayada por la Organización Mundial de la Salud. También está reiteradamente presente en encuentros internacionales y refrendada por la evidencia científica. Hoy sabemos, por ejemplo, que el apoyo social, el tener personas que te escuchen y en las que confiar, es un factor determinante en prácticamente todas las causas de mortalidad. Cuerpo, mente y relaciones sociales no sólo son tres dimensiones de la salud a cuidar. Son, además, tres aspectos inseparables que interactúan permanentemente entre sí.

A pesar de ello, en el discurso social sobre la salud predomina una visión biologicista. Muchas personas reducen la salud a no tener enfermedades diagnosticadas por los médicos. En el mejor de los casos, incorporamos el “mens sana in corpore sano” de los romanos y nos preocupamos también por la salud mental. Pero, en la jerarquía de prioridades sanitarias, el lado social del triángulo de la salud continúa siendo el hermano pobre.

Durante la pandemia, más que nunca, hemos podido experimentar la importancia que tienen, para nuestro bienestar, las relaciones con las otras personas. La distancia social nos hace más vulnerables, más frágiles. Lo hemos notado en la ausencia de abrazos y besos, en el incremento de la soledad no deseada, en las sonrisas atrapadas tras las mascarillas o en las despedidas aplazadas a los seres queridos fallecidos.

Pero, igual que hemos encontrado fórmulas para cuidar nuestro cuerpo y descubrir, en tiempo récord, vacunas que nos protejan del virus, también hemos reinventado (palabra omnipresente estos días) nuestras maneras de conectar con los otros y cuidar nuestra salud social. La necesaria distancia física, paradójicamente, en muchos casos, nos ha acercado como seres humanos. Los profesionales sanitarios han sido más sociales que nunca y los profesionales sociales han reconectado con su imprescindible papel como agentes de salud. Los educadores y educadoras han entrado en las casas de los niños y adolescentes a los que acompañaban, mientras éstos espiaban, despistándose de la actividad programada, los libros que había tras ellos o las fotos de familia que decoraban su salón. Hemos aplaudido juntos y nos hemos descubierto más iguales y necesarios los unos para los otros de lo que acostumbrábamos a reconocer. Y hasta hemos aprendido a interpretar la distancia y los abrazos no dados como la mejor manera de demostrar que nos queremos.

Así contado, parece que la Covid-19 ha sido un regalo para descubrir esa dimensión social, a veces olvidada, de la salud. Sin embargo, esta es sólo una parte de la historia. La dimensión social de la salud, además de recordarnos la importancia de las relaciones sociales para el propio bienestar, nos recuerda que no hay salud individual sin salud colectiva. Y esta es la historia no contada en aquellos vídeos de Disney. Nuestra condición social no sólo exige un equilibrio entre los aspectos físicos, psíquicos y relacionales de la salud individual. También nos lleva a abrir la puerta de otro triángulo que tiene que ver con la salud compartida.

El lado físico de este triángulo comunitario o global de la salud nos habla de cómo tratamos el planeta en el que vivimos y a todas las formas de vida que en él habitan. Difícilmente podremos hablar de bienestar individual en un planeta enfermo y maltratado.

El lado psíquico de la salud global nos habla de nuestro estilo de vida acelerado, de la locura de un mundo entregado al crecimiento desaforado.

Y el lado más social de la salud global nos habla de que ni las vacunas ni todo lo que nos genera bienestar está equitativamente repartido.

Una mirada social a la salud nos recuerda que las personas que nos rodean son imprescindibles para estar bien. Pero, también, que estar bien no puede ser un lujo sólo al alcance de unos pocos privilegiados. O, aún más, que no podemos estar bien con los “otros cercanos” a costa de que “otros lejanos” estén mal.

Salud, además del deseo más insistente estos días, es una palabra espejo, una palabra que nos obliga a situarnos, como especie, frente a nuestras vidas y frente al mundo en el que las vivimos. Y ese espejo, para ser sinceros, nos devuelve una imagen poco agraciada de nuestra condición humana. Las historias de la crisis sanitaria desvelan otras historias críticas que nos resistíamos a reconocer: la crisis ambiental, las crisis de sentido de nuestras vidas aceleradas y la crisis de la desigualdad que nos infecta de manera obscena.

Como recuerda Óscar Mateos en “El shock pandémico”, la pandemia no ha interrumpido una normalidad deseable, sino que ha evidenciado que esa normalidad es el problema.

Al hablar de la salud individual, hemos visto que nos resulta relativamente sencillo encontrar razones para celebrar que los seres humanos somos capaces de cuidarnos los unos a los otros. Sin embargo, una lectura global de la salud nos dejar mucho peor cuerpo. Por eso, para acabar, tengo la tentación de recurrir al “Todo saldrá bien” o poner a todo volumen “No surrender”, de Bruce Springsteen, como hacía mi vecino Xavier los días de confinamiento. Pero, honestamente, no me atrevo… Lo sé. Es un bajón enorme como conclusión.

Pero os aseguro que este final gris está cargado de esperanza. Los seres humanos nos resistimos a cambiar y lo hacemos de muchas maneras diferentes. Hoy no tengo la lucidez necesaria ni sé lo suficiente para encontrar las claves de ese cambio imprescindible. Pero sigo creyendo en el poder de las historias para seguir intentándolo. Mis historias preferidas son las que se escriben al lado de la gente. Como también decía Galeano, «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Pues vamos a ello.