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Sobre política y acción social: La democracia en peligro o el "iliberalismo" de neoliberales y populistas.

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Sobre política y acción social: La democracia en peligro o el "iliberalismo" de neoliberales y populistas.
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09.05.19

Tres décadas de políticas neoliberales están poniendo en grave peligro la democracia. El viejo y largo viaje democrático está chocando, de nuevo, con uno de sus viejos enemigos, las desigualdades y las fracturas sociales. Tres décadas de políticas neoliberales nos han dejado un mundo convulso, polarizado social y territorialmente, precarizado e incierto, con anclajes cada vez más débiles y horizontes desdibujados. El capitalismo del bienestar ha sucumbido ante un ultracapitalismo del malestar, que convierte a los trabajadores en recursos humanos -y, por tanto, como cualquier recurso, prescindibles cuando convenga-; los ciudadanos en clientes; las necesidades en oportunidades de mercado y la inseguridad en negocio.

El coste social ha sido enorme. Ya hace más de setenta años, cuando la Segunda Guerra Mundial terminaba con la derrota del fascismo, Karl Polanyi, interrogándose sobre los procesos que habían llevado a millones de personas hacia el totalitarismo, ya nos advirtió de las funestas consecuencias de los masivos procesos de mercantilización, de la fragilización social que provocan, sobre la que acabó cabalgando desbocado el nacionalsocialismo. El Estado del Bienestar respondió al abismo de la crisis de los años treinta regulando los mercados, impulsando los derechos sociales y redistribuyendo parte de la riqueza. Lo hizo parcialmente, con contradicciones e insuficiencias, pero consiguió que millones de personas por primera vez en la historia pudieran mirar el futuro -el suyo y el de sus hijos- con una razonable esperanza. Y lo hizo desde un pacto social entre capital y trabajo, desde una demanda social de progreso y solidaridad. Este "espíritu de 1945" y el fantasma del comunismo - ninguna quimera en la segunda posguerra mundial-, estuvieron en la base del desarrollo de las políticas sociales durante las "trente merveilleux", los treinta años aproximados que del fin de la segunda Guerra Mundial en la primera crisis del petróleo.

Durante la década de los ochenta y noventa, el escenario empezó a cambiar, en un ritmo que se acelera con el nuevo siglo. El capital creyó en no percibir ningún peligro revolucionario en el horizonte que había llegado el momento de romper el pacto, de cambiar la correlación de fuerzas e imponer una ortodoxia económica que transformaba las conquistas sociales en supuestos obstáculos para el desarrollo. Como dijo el multimillonario estadounidense Warren Buffett "hay una guerra de clases, y la estamos ganando los ricos".

Asimismo imponen un modelo de gestión de la revolución tecnológica y su impacto, del paso en el mundo postindustrial, que licua la modernidad (Bauman) y genera nuevos ejes de conflicto y un nuevo escenario de riesgos y vulnerabilidades. Las crecientes desigualdades y el progresivo desmantelamiento del estado asistencial generan sociedades divididas y acentúan la inseguridad. Las condiciones sociales sobre las que se cimenta la democracia del bienestar saltan por los aires.

El neoliberalismo nunca fue muy amigo de la democracia. Uno de sus padres fundadores, el profesor de la Universidad de Chicago, Mielton Friedman no ocultó nunca su desconfianza ante la posibilidad de implantar mediante métodos democráticos sus propuestas económicas. No en vano, la dictadura pinochetista en Chile, fue el laboratorio de sus planteamientos. Como escribió Eduardo Galeano, "las teorías de Milton Friedman le dierón el Premio Nobel, en Chile le dierón el general Pinochet". En su utopía de mercados libres, la regulación política resultaba un estorbo. El estado era un estorbo, siempre que no se dedicara al capitalismo asistencial - a salvar con dinero público aquellas empresas que eran "demasiado grandes para caer" - y mantener el orden. Como había muchos votantes que "no sabían votar", la democracia era un problema. Era necesario, por tanto, mercantilizarla, había que asegurar que se haría la "buena" política económica de austeridad y liberalización.

Todo ello produjo un alejamiento de los ciudadanos de la política. Para elegir debe haber opciones y cuando dominaba un pensamiento único impulsado desde las Business Schools y socializado por los grandes medios de comunicación, las posibilidades de elegir eran escasas. Además buena parte de los mismos dirigentes políticos insistían, entre la excusa legitimadora y el reconocimiento de la pérdida de poder, que quien mandaban eran los mercados.

Es cierto que el globalismo neoliberal ha generado desde la izquierda social y política importantes acciones y movimientos críticos, pero sin lograr construir una alternativa factible. En cambio, la respuesta ha venido desde el polo político opuesto. El miedo a perder aún más, favorecida por aquellos que querían ganar aún más, ha alimentado el surgimiento de un populismo de derechas que frente al mundo globalizado quiere levantar nuevos muros nacionales y que frente el desasosiego de la incertidumbre generalizada llamadas a los valores tradicionales, etnificar los conflictos sociales y transformando el lógico resentimiento popular hacia unas élites que no se han preocupado mucho del impacto social de sus políticas, en cuestionamiento de los valores democráticos. Lo que une Trump, Bolsonaro, Salvini o Abascal es el iliberalsime de su alternativa al neoliberalismo.

La respuesta al populismo antidemocrático exige el retorno de la política en el centro de operaciones, implica necesariamente el empoderamiento de la ciudadanía. Más de dos siglos después, las demandas revolucionarias de libertad, igualdad y fraternidad siguen siendo vigentes.