COMPROMISO EDUCATIVO Y SOCIAL
BLOG FUNDACIÓN PERE TARRÉS
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Montse Mur Bufí
Técnica de proyectos de Consultoría y Estudios
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14.05.26
En muchos espacios de intervención social, una de las dificultades más habituales es la falta de tiempo, que a menudo se traduce en otra problemática: la dificultad de disponer de una información clara y útil para entender qué se ha hecho y cómo se debe continuar una situación. En el día a día, se trabaja a menudo con urgencia, lo que hace que reconstruir con sentido el recorrido de un proceso de acompañamiento no siempre sea fácil.
En este contexto, el registro todavía se ve demasiado a menudo como una exigencia administrativa añadida, casi como un trámite que quita tiempo a la intervención. Esa mirada es equivocada. El registro no es un añadido burocrático, sino una herramienta de trabajo que forma parte del propio acompañamiento. Registrar no solo es dejar constancia de una actuación, sino recoger los elementos que permiten entenderla, situarla y darle continuidad.
Esto se hace especialmente evidente en situaciones muy habituales en el día a día profesional: reanudar un caso al cabo de unos días, continuar un proceso iniciado por otra persona, revisar cómo ha ido una actividad grupal o valorar si una actuación ha sido útil y por qué. En estos momentos, no basta con saber que “se ha hecho algo”, sino que hay que entender qué se pretendía, qué ha pasado y cómo conviene orientar los pasos siguientes. Sin esta información, resulta difícil dar continuidad al proceso. Es aquí donde el registro deja de ser una tarea secundaria y se convierte en una pieza central de la práctica.
Ahora bien, no es suficiente con afirmar que registrar es importante. Es necesario dejar de contraponer registro y acompañamiento como si fueran dos dimensiones separadas. Para que el registro sea realmente útil, es necesario disponer de criterios claros y compartidos que orienten qué debe registrarse, cómo hacerlo y con qué finalidad. En este sentido, puede resumirse en un pequeño decálogo de base.
Estos criterios no solo son útiles para la práctica profesional individual. También permiten entender mejor cómo se está desarrollando el trabajo dentro de un servicio. Cuando la información se recoge con criterio, deja de ser una suma de anotaciones dispersas y se convierte en una base útil para la toma de decisiones, la revisión de las actuaciones y la mejora de la organización del trabajo.
Existe, además, una idea que cabe reivindicar: un buen registro no sirve solo para “tenerlo apuntado”, sino para pensar mejor el proceso de acompañamiento. Permite identificar dificultades recurrentes, revisar si las actuaciones responden realmente a los objetivos planteados, detectar desajustes e introducir una mirada de evaluación sobre la práctica y los procedimientos.
Asimismo, el registro contribuye a hacer visible la labor que se desarrolla. Lo que no queda recogido cuesta más explicar, argumentar y hacer valer. Disponer de información permite sostener decisiones, justificar necesidades, hacer más entendible el trabajo del servicio y avanzar hacia una mayor transparencia.
Por todo ello, el reto no es registrar más, sino registrar mejor: con criterio, con una función clara y con una mirada compartida. Un buen registro no solo ordena la información, sino que da solidez a la práctica, facilita el trabajo colectivo y permite revisar las actuaciones con mayores garantías. En este sentido, registrar también es intervenir.
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