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Educación emocional: aprender a gestionar las emociones

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Educación emocional: aprender a gestionar las emociones
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24.05.19

Las personas somos de costumbres fijas.
Quiero decir que cuando estamos acostumbrados a hacer las cosas de una manera concreta y cuando nos piden que cambiemos nuestra manera de hacer, nuestra forma de pensar o de decir, seguro que nos cuesta un esfuerzo considerable. E incluso así, no siempre es posible que consigamos cambiar lo que queríamos cambiar.

Las personas somos de costumbres fijas. Quiero decir que cuando estamos acostumbrados a hacer las cosas de una manera concreta y cuando nos piden que cambiemos nuestra manera de hacer, nuestra forma de pensar o de decir, seguro que nos cuesta un esfuerzo considerable. E incluso así, no siempre es posible que consigamos cambiar lo que queríamos cambiar.

Sin embargo, como padres, educadores, o simplemente amigos nos gusta mucho el hecho de poder contar con personas que nos entiendan y que a la vez sepan cuáles son nuestras creencias, nuestros valores, nuestros anhelos e incluso, si nos aprietan, los deseos más personales.
Ahora bien, cuando es a nosotros mismos a quien llaman la atención, entonces ya cuesta un poco más. Y es que cuando nos tocan las costras de nuestras heridas o simplemente nos hacen pensar sobre alguna situación que hemos hecho o dicho, entonces ya no nos gusta ni nos acaba de convencer. Entonces sacamos nuestras estrategias irascibles de enfado y descontrol de las emociones. Nuestras cicatrices nos gusta dejarlas bien apartadas. La mochila de vivencias que llevamos acumuladas después de muchos años, a menudo está mejor bien guardada bajo llave. ¿No será que a veces nos marcamos espejismos para seguir adelante y cuando nos encontramos con la cruda realidad cerramos el paso a cualquier tipo de iniciativa vinculada a recibir consejos o al hecho del cambio?

Cuando nos llega una crisis o se nos presenta un problema con alguna persona, ¿cómo es que se le ocurre decirme como me tengo que comportar? Si revisamos las mil veces que previamente nosotros hemos dado consejos de cómo comportarse, ahora que nos lo hacen a nosotros ya no nos gusta. Desgraciadamente solemos ser seres que no siempre aceptamos los consejos, pero nos encanta presumir de nuestra mirada, nuestra huella y nuestro talante a alumnos, hijos y familiares. 

Somos así. ¿No podemos hacer nada?

Muchos escritores han hablado de seres grises que caminan sin aliento y que a veces les cuesta ver más allá de su mirada serena.
Nosotros no queremos ser así. Queremos ser aquel que sube al dragón y lo domina; aquella que se enfrenta a la pereza y la convierte en fuerza de voluntad; aquel que busca con curiosidad, evitando la timidez y la inseguridad; aquella que a pesar de los impedimentos con que se encuentra, busca soluciones a los imposibles; aquel que sabe decir lo que toca en el momento oportuno, a la persona adecuada y en el lugar correcto.
En definitiva, personas que exploran su tesoro emocional.

Si estás leyendo estas líneas es evidente que te pica la curiosidad o, por lo menos, quieres saber dónde queremos ir a parar.
Y es que valoramos mucho el cambio en nuestras comunidades educativas, a nivel laboral o a nivel personal. Tal como dice el psicólogo Csikszentmihalyi tenemos que conseguir que todo lo que hacemos y todo lo que hacemos hacer a quienes nos rodean esté casado con la experiencia óptima del fluir (flow). Un estado de bienestar que ayuda y nos ofrece sugerencias para la acción, que se puede aplicar al cuerpo, al pensamiento, el trabajo y las relaciones sociales. El reto estará en llegar a aprender a fluir adoptando una actitud positiva ante la vida, desarrollando unas habilidades para regular las propias emociones y prevenir los efectos nocivos de las emociones negativas.

Y es que la propuesta trata sobre el hecho de cambiar. A alcanzar la fluidez en todo lo que hacemos.

Por ello, formarse en educación emocional se enfoca en ofrecer herramientas para educadores, personas con tareas sociales, padres y madres, y otras personas interesadas en ayudar a otros a aprender a regular las competencias emocionales: ser conscientes de las emociones para saber más de la relación entre razón y emoción, comenzar a aprender a regular todo lo que tiene que ver con lo que sienten, lo que les apasiona o provoca alejamiento, aprender a tener suficiente autonomía emocional para establecer vínculos emocionales positivos donde la dependencia emocional no potencie la anulación de la capacidad de decisión, y en definitiva desarrollar una serie de habilidades de vida y bienestar que faciliten la tarea de vivir con las personas que los rodean, hacer el día a día más sencillo y lleno de momentos inolvidables.

Así, con las herramientas para el trabajo de las competencias emocionales podemos empezar a dar pautas que ayuden a poder salir de los obstáculos, a saber contestar cuando es necesario, o a levantarse cuando caemos o nos hacen caer. Le animamos a iniciar este camino en el aula de las emociones. ¡Nos vemos allí!