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La salud mental es cosa de todos, especialmente en tiempos de pandemia

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La salud mental es cosa de todos, especialmente en tiempos de pandemia
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09.10.20

A menudo se asocian los problemas de salud mental a factores genéticos, hereditarios, de consumo de drogas... Y pasa a un segundo plano la importancia de los factores sociales en la aparición y el mantenimiento de trastornos y otras problemáticas asociadas a la salud mental. Cabe recordar que los condicionantes sociales pueden ser tanto un factor de riesgo para desarrollar un problema en salud mental como un factor protector. Y por factores sociales no nos estamos refiriendo únicamente a condiciones sociales de tipo personal vividas por la persona (como la calidad de la crianza recibida), sino que también se encuentran condiciones de tipo comunitario, como el acceso a recursos de salud mental de calidad. Puede ser tan protector para nuestra salud mental tener una personalidad sana y equilibrada como vivir en un territorio con programas de detección temprana de la psicosis, por poner un ejemplo. Los trastornos mentales no sólo aparecen y se mantienen por determinantes biológicos, sino también por determinantes psicosociales. La salud mental de una persona, de una comunidad, no es una cuestión que dependa exclusivamente de factores individuales, sino que el tipo de sociedad en la que vive una persona tiene una gran repercusión en ella. Y son factores decisivos para nuestra salud mental el cómo la sociedad donde vivimos apoya a las familias en su tarea de crianza, qué nivel de seguridad económica tienen sus miembros, si se promueve el fortalecimiento de la red comunitaria así como cuál es la inversión de las administraciones en programas sociales que mejoren las condiciones de vida de la población.

Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, y este año el lema es la necesidad de invertir en ella. Y es que, en pleno siglo XXI, la mayoría de personas de nuestro planeta no tiene todavía asegurado el acceso a una sanidad pública de calidad, entre las prestaciones de la cual debe encontrarse en primera línea la salud mental. Las cifras son escalofriantes: según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 1.000 millones de personas (sí, habéis leído bien: 1.000 millones de personas) presentan un trastorno mental y una persona se suicida cada 40 segundos en algún lugar del mundo. Sin embargo, son pocas las personas que tienen acceso a servicios de atención a la salud mental de calidad. Por ejemplo, en los países con más desigualdades sociales y económicas, cerca del 75% de las personas que presentan algún tipo de trastorno mental no recibe ningún tipo de atención. Por otra parte, de media, los países sólo gastan el 2% de su presupuesto sanitario en salud mental.

La aparición de la pandemia de la Covid-19 ha agravado aún más esta situación. A un doble nivel. Por un lado, porque la situación de emergencia sanitaria ha cambiado los sistemas de salud, también los de salud mental (por ejemplo, cierre temporal de servicios especializados tales como hospitales de día o centros de atención y seguimiento de las drogodependencias). Por el otro, porque está claro que la actual pandemia ha afectado a la salud mental de una parte importante de la población (especialmente, pero no únicamente, de aquella más vulnerable).

Centrémonos en esta última cuestión. Hasta la fecha, el principal impacto de la pandemia en nuestra salud mental se ha expresado a través de tasas elevadas de estrés y ansiedad (está por ver el impacto a más largo plazo); estrés y ansiedad que se manifiestan a través del miedo al contagio, la angustia de sentirse solo y aislado, pero también a través del repliegue de bienes de consumo y el agravamiento de trastornos mentales ya existentes. El cierre de escuelas y centros de trabajo, la imposibilidad de moverse en libertad, las colas para adquirir artículos de primera necesidad... Todo esto ha agravado la presión psicológica a la que ha sido sometida la sociedad. La incertidumbre económica amplificó aún más el estrés. Por otra parte, también deben resaltarse las iniciativas solidarias que afloraron, por ejemplo, en los barrios para dar apoyo mutuo, especialmente a aquellas personas que podían ser más vulnerables al virus (como las personas mayores).

No quiero pasar por alto que las medidas que supusieron la reclusión de la población al inicio de la pandemia podían ser bien asumidas o suficientemente bien asumidas por la clase social media y alta, que goza de una vivienda que permite espacios comunes y espacios de intimidad, tal vez con un patio o una pequeña terraza, y con un buen nivel de conectividad para todos sus miembros. Pero no se tuvieron en cuenta otras realidades. Se traspasó a las familias la responsabilidad de cumplir con el confinamiento decretado, pero hubo un acompañamiento bastante fuerte desde la responsabilidad social, es decir, desde las administraciones?

En mayo, la OMS presentó un primer informe sobre los efectos de la pandemia por Covid-19 en la salud mental. Las conclusiones son que se han incrementado los trastornos, especialmente de ansiedad y depresión, y se han agravado los problemas ya existentes. La OMS anima a sus países miembros a aumentar las inversiones en salud mental. Ahora bien, la inversión no sólo debe ser en dispositivos médicos y en intervenciones de tipo secundario y terciario, sino que hay que tener una mirada más amplia, verdaderamente de perspectiva biopsicosocial, y apostar decididamente por la prevención primaria, aquella que intenta evitar la aparición de problemas en la esfera mental. Si realmente se apostara por programas de prevención en los que la dimensión social estuviera integrada, ahorraríamos sufrimiento a la población y gastos sanitarios.

Dicen que las crisis pueden ser una oportunidad para aprender y mejorar. La actual crisis provocada por la pandemia por Covid-19 puede ser una gran oportunidad para iniciar cambios y, en el caso de la salud mental, en el que se ha puesto tan de manifiesto cómo las circunstancias sociales condicionan nuestro bienestar psíquico, esperamos que sea una oportunidad para invertir en investigación biomédica en salud mental, por supuesto, pero también para invertir en programas sociales que mejoren el bienestar de la población.