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Educación social y Trabajo social: una historia de aproximación profesional

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Educación social y Trabajo social: una historia de aproximación profesional
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30.11.17

¿Tendrían que ser Trabajo social y Educación social la misma profesión con diferentes especialidades? ¿Cuáles son las perspectivas de desarrollo futuro de estas dos profesiones? Preguntas como estas centraron una parte importante de la jornada organizada por la Cátedra de Servicios Sociales de la Universidad de Vic-Universidad Central de Cataluña, con el apoyo del Departamento de Trabajo, Asuntos Sociales y Familias, que, bajo el título “La oferta formativa en servicios sociales en Cataluña: hacia las competencias profesionales necesarias” se celebró hace unas semanas en Barcelona.

Intentaré sintetizar en este puesto algunas de las aportaciones que compartí aquel día en la mesa redonda a la que fui invitado. Anticipo, eso sí, que no tengo una respuesta cerrada a las preguntas planteadas, preguntas que, por otro lado, forman parte ineludible de la banda sonora de todos los encuentros que en la Facultad de Educación social y Trabajo social Pere Tarrés – URL surgen con los/se futuros estudiantes. ¿Qué diferencia hay entre Trabajo social y Educación social? Es la pregunta recurrente. Siempre aconsejo empezar explicando el que comparten, que es mucho más que el que las diferencia. Dejadme hacer un poco de historia:

Este año se cumple el 25.º aniversario de la puesta en marcha de los estudios de Educación social (diplomatura en aquel momento, ahora ya grado) y el 20.º de la creación del Colegio de Educadoras y Educadores Sociales de Cataluña. Los estudios universitarios y la formalización de estructuras profesionales no hicieron más que presentar en sociedad una función social preexistente en ámbitos diversos y con diferentes nombres. En aquel momento hablamos de las tres fuentes de la Educación social: la Educación especializada (un espacio diverso de intervención educativa en procesos de inadaptación fuera del marco escolar), la Educación de adultos y la Animación sociocultural. Probablemente fue el marcado carácter pedagógico de estos antecedentes el que hizo que los esfuerzos para definir inicialmente la “nueva profesión” se centraran al diferenciarla de la figura del maestro/a. Incluso cuando, con el tiempo, el desarrollo de la Educación social la está trayendo también a ser planteada como figura profesional necesaria a la escuela, yo diría que no hay muchas dudas en relación a la diferencia entre educadores/se sociales y maestros.

Paradójicamente, ha sido el apellido “social” el que ha ido ganando fuerza y el que ha aproximado la Educación social a la profesión que históricamente se situaba en el centro de los servicios sociales: el Trabajo social. ¿Qué ha pasado en estos 25 años para que esto sea así? Yo diría que han pasado cosas (mayoritariamente positivas, desde mi punto de vista) en la Educación social, en el Trabajo social y también en la concepción de los Servicios Sociales. Sintetizo:

- La Educación social, sin renunciar a su marcado carácter pedagógico (o quizás precisamente por este), ha ido consolidándose en ámbitos cada veces más diversos. Muchos de estos ámbitos (gente mayor o salud, para citar algún ejemplo) no requerían diferenciarse de la escuela. Paralelamente, la necesidad de educar y educarse ha ido siendo socialmente asumida progresivamente como tarea vital más allá de la infancia y los pupitres. La educación es concebida cada vez menos como patrimonio de la escuela. Educan los maestros y la familia, pero también tiene una función educativa internet o el Departamento de Recursos Humanos de la empresa. Los educadores y educadoras sociales son expertos en procesos educativos, pero también (o precisamente por eso) en procesos de interacción social, en gestión de conflictos o en desarrollo del tejido comunitario. En la medida que la educación se ha hecho más transversal, más cosa de todos y todas, el apellido “social” ha ganado relevancia y es más clave para entender el sentido de la profesión.


- El Trabajo social, a pesar de la regresión provocada por la situación económica, va ganando la batalla contra el estigma de su función asistencial y gestora (en el sentido más frío de las dos palabras). La tecnología pone todavía más en evidencia la pérdida de energía que supone estar tramitando ayudas económicas a profesionales formados para el análisis y la intervención en complejos procesos sociales. Cuando las trabajadoras y trabajadores sociales reniegan de esta función administrativa e intentan definir la esencia de su aportación profesional, de nuevo es el apellido “social” el que cobra protagonismo: derechos, igualdad de oportunidades, comunidad, tejido humano... De esto estamos, de nuevo, hablando.


- Por último, también ha evolucionado la concepción del papel de los Servicios sociales. Cada vez tenemos más claro que la reducción de la desigualdad económica y social requiere del compromiso de todos y todas y que el bienestar tiene que ser una tarea compartida entre las diferentes áreas que impactan en el que denominamos “política social”. Hablamos de atención integrada (social, sanitaria, educativa...), que pone en el centro al ciudadano, a todos y cada cual. Los Servicios sociales no son los responsables de atender los casos que los otros servicios no pueden resolver. Tienen un objeto propio de intervención, que no es la pobreza económica o la carencia de vivienda (recomiendo leer la entrada al respecto del Blog de Fernando Fantova). En la definición de este objeto de intervención, de nuevo la respuesta llega del apellido “social”: la interacción entre las personas, los vínculos, la comunidad, el apoyo social... están en el núcleo de la aportación al bienestar que le corresponde a los servicios sociales.

En este escenario profesional, es fácil entender que Educación social y Trabajo Social se encuentren y que se difuminen las fronteras profesionales. Es verdad que las herencias profesionales y académicas son, en casa nuestra, diferentes. El Trabajo social tiene un largo recorrido en la manera de estructurar discursos y estrategias de intervención y, en la formación, un peso más significativo, por ejemplo, del Derecho. La Educación social conserva, en la formación y en la praxis, su marcado acento pedagógico y, en su corta trayectoria como profesión formalizada, continúa explorando y consolidando ámbitos y modelos de intervención.

Pero es igualmente cierto que, en el mundo, el Social Work incorpora la mirada pedagógica en muchos ámbitos de intervención y, a la mayoría de países, aglutina el que para nosotros son dos profesiones que, sin duda, se sienten igualmente interpeladas ante los grandes retos de esta sociedad compleja y diversa (estoy seguro que si los educadores y educadoras sociales consultáis los 12 grandes retos por el Trabajo social definidos por el American Academy of Social Work and Social Welfare de los EEUU, os sentiréis igualmente cercanos).

Honestamente, ignoro como evolucionaremos. Una parte importante de nuestros estudiantes (un 25% aproximadamente) resuelven esta cuestión haciendo las dos carreras. Uno de ellos, Manu Vidal-Ribas, exalumno de la Facultad de Educación Social y Trabajo Social Pere Tarrés - URL y actual Coordinador de la Cátedra de Servicios Sociales de la UVic, presente a la jornada, resumía: Estudiar Trabajo social me ha hecho mejor educador. Y haber estudiado Educación social me ha ayudado a ser mejor trabajador social.

Desde mi punto de vista, el hecho de ser una o dos profesiones tiene una importancia relativa. Creo que el futuro de esto depende más de lógicas académicas y profesionales que de las necesidades sociales. Lo que sí es realmente importante es que, educadores/se o trabajadores/se, continuamos trabajando para ser profesionales valiosos por el mundo, con todos los ingredientes sociales, emocionales, técnicos y éticos que esto implica.