EDUCACIÓN SOCIAL Y TRABAJO SOCIAL
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El compromiso de educar desde la justicia y el acompañamiento

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 El compromiso de educar desde la justicia y el acompañamiento
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08.01.19

Hace varios años que tengo la suerte de trabajar en el ámbito de la justicia, y más en concreto en un centro penitenciario. Un trabajo que requiere conocimiento e intencionalidad educativa, pero, también, ilusión y deseo, es decir, un trabajo que combina razón y emoción, que necesita conocimiento técnico a la vez que capacidad empática. El educador debe estimar el trabajo que hace y, poder hacerlo, es un regalo que nos damos a nosotros mismos, pero, especialmente, a las personas a las que acompañamos. La educación, y especialmente la educación en contextos complejos, es más que un trabajo, es un compromiso con los demás y para la mejora de la comunidad.

Como educador social tengo la suerte de acompañar aquellos que, por decisión propia o por influencia de otros, decidieron tomar un atajo o dejar que los instintos más básicos apoderaran de su yo, saltándose la norma socialmente establecida, y produciendo dolor o pérdidas, de forma directa o indirecta, a otras personas. Más de una década viendo como "viejos conocidos" vuelven a entrar en el que, para muchos, es como su casa; junto a personas que, con ojos asustados y un miedo mal escondida, entran por primera vez a lo que parece un agujero oscuro e insuperable. Pero, tal vez sin saberlo, a todos ellos se les abre la puerta de lo que, a través del trabajo educativo y el vínculo, debe ser un espacio de oportunidad y cambio.

Una década llena de emociones mal fingidas, donde todavía se me remueve el estómago ante historias de pérdidas, de víctimas y de sufrimientos, pero que también se me mojan los ojos ante historias de superación y cambios hechos realidad. Y es que ser educador no supone ser ajeno a las mismas emociones, ni dejar de ver al otro como lo que es: una amalgama de circunstancias y decisiones que han ido guiando hacia un camino u otro. Ser educador es estar, acompañar y ayudar a ordenar estas decisiones para enderezar el camino. Y ese es uno de los valores esenciales del hecho de educar: entender que aquel con quien compartimos espacio es una persona que no necesita ser compadecida por el daño sufrido, ni ser vuelta a juzgar por los hechos de su vida. Acompañar supone entender y comprender la persona, sus motivaciones, deseos, pasiones y sentimientos, para poder, a lo largo del camino recorrido conjuntamente, tratar de avanzar por un camino que nos ayude a reordenar este yo, posibilitando el cumplimiento de la ley y, especialmente, a las personas con las que convivimos. Pero también significa estar a su lado a lo largo del camino, sean cuales sean las circunstancias que nos vamos encontrando: avances o retrocesos. Y para hacerlo, no vale sólo ver a la persona como un ser aséptico, objeto de nuestro trabajo; hay que dejarse emocionar, posibilitar que nuestros sentimientos nos ayuden a ver el otro, no como el cliente, usuario, archivo o protocolo, sino como un todo, una persona que tiene que espacio para entender, para aprender, para equivocarse y para avanzar solo. Haciendo que a lo largo del tiempo pueden ser, a la vez, apoyo y ayuda de otros que también lo necesiten.

Y esto sólo es posible desde el vínculo. Y el vínculo es emoción, es sentimiento. Vincular supone ver la persona, entender las motivaciones que le han llevado a entrar en un Centro Penitenciario, y entender el punto de salida de esta vida de transgresión. Es establecer una relación desde la sinceridad, identificando aquellos puntos en los que habrá que trabajar y esforzarse para que no vuelva, de nuevo, a vivir la privación de libertad. Este vínculo debe ser un espacio sincero, de definición de las reglas de juego que nos debe permitir avanzar juntos. Es un espacio en el que se deja bien claro nuestro papel como educadores, agentes de acompañamiento a lo largo del proceso, y su, persona privada de libertad, con unas necesidades identificadas y compartidas, así como unas oportunidades y potencialidades, que permitirán trabajar por el cambio. Pero no hay que engañarse, no debemos perder de vista que la nuestra es una relación educativa, cercana, próxima, pero de desigualdad en relación al rol que desarrollaremos en el proceso. El educador tiene las competencias para entender y soportar las situaciones de retroceso, de recaída o de inestabilidad. Sólo la aceptación de esta desigualdad educativa nos permitirá definir el plan de trabajo, efectivo y compartido, desde un prisma de igualdad.

Pero, tal vez más importante que el mismo proceso de trabajo educativo, será el cierre. Una despedida que no llega con un apretón de manos el último día de la privación de libertad, como quien licencia alguien o finaliza un tratamiento. El adiós es progresivo y debe ser trabajado desde el primer día. La finalización del acompañamiento es un duelo que ni educador ni persona privada de libertad, muchas veces, quieren finalizar. El vínculo establecido, la buena relación, la construcción de un nuevo "yo" apodera uno y otro a seguir caminando juntos. Pero este rol desigual nos debe hacer entender que no podemos ni debemos ser imprescindibles en la vida de nadie. La fecha de finalización de la condena será el plazo objetivo de la relación de acompañamiento, pero una relación que hay que ir difuminando ya desde el inicio. El proceso de incorporación social no puede quedar sólo en manos de un agente educativo, sino que debe ser trabajado con y desde la propia comunidad. Familia, amigos, entidades de ocio, ... tienen un papel destacado en este proceso, y deben compartir nuestro camino y trabajo conjunto. No tiene sentido que la incorporación social la haga un solo agente educativo, ya que será pobre y vacía de sentido. Hace una década que tengo la suerte de poder acompañar a personas privadas de libertad hacia una nueva manera de entender las relaciones sociales. Acompañamientos llenos de alegrías, pero también de algunas tristezas y reencuentros en el camino. Sin embargo, lo que sí está claro, es que el educador es un agente importante en este proceso. La tarea educativa requiere emociones y pasiones por el trabajo que hacemos, sin que suponga perder de vista que el protagonista es el otro. El cambio debe ser deseado y querido por la persona privada de libertad. Sin embargo, tenemos en nuestras manos la fuerza de la pedagogía, que nos ofrece la oportunidad para incentivar el deseo de cambio. Dejémonos emocionar, sentimos y ponemos cordura en nuestro trabajo, pero no perdamos de vista que no somos médicos recetando medicinas, sino educadores apoderando hacia el cambio. ¡Es una experiencia que vale la pena!