EDUCACIÓN SOCIAL Y TRABAJO SOCIAL
BLOG DE LA FACULTAD PERE TARRÉS

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Blade Runner, 2018

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Blade Runner, 2018
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28.03.18

Nunca la humanidad había sido tan capaz de producir riqueza como lo es ahora. Los avances científicos, tecnológicos y médicos son constantes. Podemos comunicarnos instantáneamente con el otro lado del planeta y tenemos robots que pueden hacer trabajos que no nos gustan (o de una manera más barata que los molestos recursos humanos, siempre entendidos en pedir mejoras salariales).Pero al mismo tiempo, las desigualdades están creciendo, las fracturas sociales se propagan e intensifican, innumerables riesgos planean en nuestras vidas y la única certeza es que no hay nada seguro, excepto que las élites acumulan enormes cantidades de riqueza a expensas de las personas pobres que están siendo cada vez más pobres (en las últimas décadas la distancia entre ellos se ha duplicado). En muchos sentidos nuestra sociedad global y post-industrial está resultando ser una distopía (in)digna de las películas de ciencia ficción más apocalípticas (o tal vez es que fueron documentales del futuro?). El neoliberalismo dominante que se convierte en materias primas no sólo servicios básicos para la supervivencia de los seres humanos (o que no es salud básica, educación, vivienda...?), sino a las personas mismas y sus derechos, nos lleva a una pesadilla donde la incertidumbre globalizada (sobre si mañana seguiré teniendo un trabajo, si voy a cobrar una pensión que me permite vivir con un mínimo de dignidad , si tengo un techo o voy a ser desalojado, si me quejo y se me acusará de delito de odio...) nos muestra que aquello que nos habían dicho de que las sociedades de bienestar de que el futuro (el nuestro y el de nuestros hijos) sería mejor que el presente es una mentira más, el perdón, una post-verdad más. En medio del tsunami de mercados descontrolados y desregulados, la gente está buscando anclas donde cogerse, donde encontrar algo de solidez. Buscan puertos en los que refugiarse, incluso si son imaginarios (de hecho, precisamente por qué se les permite acceder a ellos).

En medio del tsunami de unos mercados incontrolados y desregularizados, las personas buscan enclaves donde cogerse, donde encontrar solidez. 

Las culturas e identidades siempre han demostrado poderosas raíces para resistir las tempestades  (o a menudo, para provocarlas). Angustiados, desorientados, asustados, en lugar de mirar al futuro, nos aferramos a retropías que nos dicen que podemos volver a los buenos viejos tiempos (falsos, por supuesto, pero no nos dicen) en que Estados Unidos fue el primero o los inmigrantes y refugiados no pusieron en peligro (sic) nuestra orden, nuestra seguridad, nuestra supremacía. De Trump al Brexit, de Le Pen a Macron (que quiere restablecer el servicio militar obligatorio para construir la identidad francesa), desde los campos de concentración turcos hasta las vallas de Ceuta y Melilla, un fantasma viaja por el mundo, el de la xenofobia. Nos hacen creer que la nación, esa etnia, nos dará refugio. Y fracturamos nuestras sociedades, excluimos y negamos a los demás, aquellos que son diferentes a nosotros. Sin saberlo o sin querer darnos cuenta de que en el próximo huracán podemos ser los próximos náufragos. Sin querer ver ese problema, el verdadero problema subyacente, lo tenemos en nuestro modelo de sociedad.

Pero los grupos dominantes siempre han sabido desde el principio de los tiempos que una forma inmejorable de preservar sus privilegios era crear enemigos, internos y externos. Diversidad cultural, inmigrantes, amenazan, dicen, nuestro modelo de vida. Cuando todas las sociedades, todas las identidades, todas las comunidades son híbridas, se han construido interactuando con más de mil mezclas. Los muros, las divisiones nos hacen más débiles, más manejables. Es cierto que tenemos una esperanza: sabemos por la historia que todo lo que se cree sólido siempre ha terminado desvaneciéndose en el aire. Pero que dure más o menos y afecte a más o menos personas depende, en gran parte, de nosotros. Y no es suficiente en indignarse.