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Migraciones en tiempos de globalización fronterizada

Migraciones en tiempos de globalización fronterizada
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18.12.17

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Cualquier comunidad de seres humanos en cualquier parte del planeta es fruto de varios procesos migratorios previos, más o menos intensos y extensos, según el caso, pero que hacen que la pretensión de uniformidad étnica o de atemporalidad comunitaria sea ridícula, pero no por ello menos peligrosa. Sin embargo en los últimos tiempos estamos asistiendo a dos tipos de cambios que modifican el escenario de las migraciones internacionales.

En primer lugar, las redes migratorias se han ampliado. Si, en términos generales, durante el siglo XIX éramos los europeos los que emigravan hacia el resto del planeta, de América a Australia, actualmente los flujos migratorios van en distintas direcciones e involucran prácticamente a todas las sociedades. No hay ningún país importante que no sea emisor, receptor o de tráfico y muchos, de hecho, son las tres cosas. Un proceso que además, en algunos casos, se ha dado de manera muy acelerada. Una buena muestra es el Estado español, el cual en pocos años ha pasado de ser un país de emigrantes (y exiliados) a un de inmigrantes, con porcentajes incluso superiores a los de países con trayectorias de recepción mucho más antiguas.

En segundo lugar, los tipos migratorios se han diversificado (hombres, mujeres, ancianos, menores), así como las procedencias. Consecuencia de todo ello es que la inmigración se ha convertido en una realidad cada vez más diversa, con distintos riesgos y necesidades, lo que a menudo no se tiene suficientemente en cuenta, y que nuestras sociedades son crecientemente sociedades multiculturales, guste a los defensores del monoculturalismo. En Europa, en la Cataluña del siglo XXI la multiculturalidad no es una aspiración política, sino una constatación sociológica.

Sin embargo, el mundo global, la ideología se fundamenta en la movilidad, con respecto a las personas y a diferencia del capital o de los productos de consumo, se ha fronteriza. En una realidad cada vez más liquida, siguiendo la afortunada metáfora de Bauman, las fronteras se están haciendo más duras. La libertad de movimiento que proclama el neoliberalismo hegemónico no se aplica a las personas. Pero la construcción de fortalezas ante los nuevos "bárbaros" está condenada al fracaso. El capitalismo global neoliberal es el que está lanzando a millones de personas hacia unos muros que no podrán contener.

Pero hay otro tipo de fronteras no menos excluyentes. La confusión entre ciudadanía y nacionalidad que los estados-nación han engendrado es un factor clave de exclusión jurídica, política y social. No podemos aspirar a sociedades cohesionadas, si expulsamos de la comunidad política y del acceso a determinados servicios y oportunidades, a una parte nada desdeñable de sus miembros.

Revisar el concepto de ciudadanía, debe ir acompañado también de repensar los modelos de organización territorial y las adscripciones identitarias en un escenario post-nacional. Nos va la democracia y, sin exagerar, la vida.