(Adaptat de
"Las páginas más bellas de Edith Stein".)
"Este es el pan vivo bajado del cielo" (Jn 6, 58) . Quien hace
de él su pan cotidiano deja que se haga realidad cotidiana en sí
mismo el misterio de la Encarnación del Verbo. Y ése es el
camino seguro para alcanzar el "ser uno con Dios" y para crecer
cada día con mayor fuerza y profundidad en el Cuerpo Místico
de Cristo.
Sé muy bien que para muchos puede parecer esto un deseo demasiado
radical. En la práctica significa, para la mayoría de los
que comienzan de nuevo, un cambio total de la vida interior y exterior.
¡Y así tiene que ser!
En nuestra vida tenemos que hacer sitio para el Salvador eucarístico,
para que Él pueda transformar nuestra vida en la suya: ¿acaso
significa esto pedir demasiado? Para tantas cosas inútiles se encuentra
tiempo: para leer cosas sin valor en libros, revistas y diarios; para pasarnos
horas enteras en los cafés, o para malgastar un cuarto o media hora
en la calle: todas "distracciones" en las que se desperdician
tiempo y fuerzas de modo fragmentario.
¿No sería posible ahorrar una hora en la mañana, en
la que recogerse en vez de distraerse, en la que no se malgasten las fuerzas,
sino que se ganen para cubrir los esfuerzos de la jornada?
Es un modo diverso de estar satisfechos consigo mismos: pasar de ser "un
buen católico" que "cumple con su deber", lee un "buen
periódico", "vota como se debe", pero que al final
hace lo que quiere y le gusta, a vivir en la mano de Dios con la sencillez
del niño y con la humildad del publicano. Quien haya entrado por
este camino, no se volverá atrás. Esto es lo que significa
ser hijos de Dios: hacerse pequeños y al mismo tiempo hacerse grandes." |