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Des dels qui vam ser a Roma us comuniquem
alguns dels missatges que Joan Pau II ens va adreçar als pelegrins
de la Jornada Mundial de la Joventut. Per als que hi vam ser, ens ajudarà
a mantenir viu el senti t d'universalitat de l'església i el nostre
compromís com a cristians.
PALABRAS DEL SANTO PADRE EN LA VIGILIA DE
ORACIÓN
Tor Vergata, sábado 19 de agosto de 2000
El diálogo en Cesarea de Filipo tuvo lugar en el tiempo prepascual,
es decir, antes de la pasión y resurrección de Cristo. Convendría
recordar también otro acontecimiento durante el cual Cristo, ya
resucitado, probó la madurez de la fe de sus Apóstoles.
Se trata del encuentro con Tomás Apóstol. Era el único
ausente cuando, después de la resurrección, Cristo fue por
primera vez al Cenáculo. Cuando los otros discípulos le
dijeron que habían visto al Señor él no quiso creer.
Decía: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos
y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su
costado, no creeré" (Jn 20,25). Ocho días después,
estaban otra vez reunidos los discípulos y Tomás estaba
con ellos. Entró Jesús estando la puerta cerrada, saludó
a los Apóstoles con estas palabras: "La paz con vosotros"
(Jn 20,26) y acto seguido se dirigió a Tomás: "Acerca
aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en
mi costado, y nos seas incrédulo sino creyente" (Jn 20,27).
Tomás le contestó: "Señor mío y Dios
mío" (Jn 20,28).
También el Cenáculo de Jerusalén fue para los Apóstoles
una especie de "laboratorio de la fe". Lo que allí sucedió
con Tomás va, en cierto sentido más allá de lo que
ocurrió en la región de Cesarea de Filipo. En el Cenáculo
nos encontramos ante una dialéctica de la fe y de la incredulidad
más radical y, al mismo tiempo, ante una confesión aún
más profunda de la verdad sobre Cristo. Verdaderamente no era fácil
creer que estuviese vivo Aquél que tres días antes había
sido depositado en el sepulcro.
El divino Maestro había anunciado
varias veces que iba a resucitar de entre los muertos y ya había
dado también pruebas de ser el Señor de la vida. Sin embargo,
la experiencia de su muerte había sido tan fuerte que todos tenían
necesidad de un encuentro directo con Él para creer en su resurrección:
los Apóstoles en el Cenáculo, los discípulos en el
camino a Emaús, las piadosas mujeres junto al sepulcro... También
Tomás lo necesitaba. Cuando su incredulidad se encontró
con la experiencia directa de la presencia de Cristo, el Apóstol
que había dudado pronunció esas palabras con las que se
expresa el núcleo más íntimo de la fe: Si es así,
si Tú verdaderamente estás vivo aunque te mataron, quiere
decir que eres "mi Señor y mi Dios".
Con el caso de Tomás el "laboratorio de la fe" se ha
enriquecido con un nuevo elemento. La revelación divina, la pregunta
de Cristo y la respuesta del hombre se han completado con el encuentro
personal del discípulo con Cristo vivo, con el Resucitado. Ese
encuentro pasa a ser el inicio de una nueva relación entre el hombre
y Cristo, una relación en la que el hombre reconoce existencialmente
que Cristo es Señor y Dios; no sólo Señor y Dios
del mundo y de la humanidad, sino Señor y Dios de esta existencia
humana mía concreta. Un día San Pablo escribirá:
"Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón,
es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas
con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón
que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo"
(Rm 10,8-9).
En las lecturas de la Liturgia de hoy están descritos los elementos
de los que se compone ese "laboratorio de la fe", del cual los
Apóstoles salen como hombres plenamente conscientes de la verdad
que Dios había revelado en Jesucristo, verdad que habría
modelado su vida personal y la de la Iglesia en el curso de la historia.
Este encuentro romano, queridos jóvenes, es también una
especie de "laboratorio de la fe" para vosotros, discípulos
de hoy, para quienes confiesan a Cristo en los umbrales del tercer milenio.
Cada uno de vosotros puede encontrar en sí mismo la dialéctica
de preguntas y respuestas que hemos señalado anteriormente. Cada
uno puede analizar sus propias dificultades para creer e incluso sentir
la tentación de la incredulidad. Al mismo tiempo, sin embargo,
puede también experimentar una progresiva maduración de
la convicción consciente de la propia adhesión de fe. En
efecto, siempre en este admirable laboratorio del espíritu humano,
el laboratorio de la fe, se encuentran mutuamente Dios y el hombre. Cristo
resucitado entra en el cenáculo de nuestra vida y permite a cada
uno experimentar su presencia y confesar: Tú, Cristo, eres "mi
Señor y mi Dios".
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